30 noviembre 2009

Perdón por intolerarlos: Yoani



Perdón por intolerarlos
Yoani

El avance implacable de las nuevas tecnologías juega malas pasadas a la memoria, es fácil caer en la trampa de creer que todo ha estado ahí, al alcance de la mano, desde siempre. Lo sencillo que es apretar un botón y cambiar el canal de la televisión disuelve los tiempos en que no había control remoto, cuando era necesario acercarse al aparato para girar una perilla y así saltar de un programa a otro, hoy ya se convive con una generación entera que jamás ha tenido que levantarse del sillón para realizar esa acción.

Crecer en la era de la información y convivir con un desarrollo tecnológico que rápidamente minimiza su tamaño y permite traer un teléfono con cámara en el bolsillo trasero suele facilitar la confusión, como cuando alguien me pregunto porque durante el terremoto de 1985 se habían tardado tanto en localizar a las víctimas, cuando es tan simple realizar una llamada telefónica o mandar un mensaje de texto, como si la tecnología siempre hubiera estado ahí; a los más jóvenes les parece inverosímil una época en la que para comunicarse era necesario hacer un esfuerzo mayor al de ponerse ante el teclado y conectarse al Messenger, entrar a alguna red social y chatear, prender la cámara y saludar. Los relatos de un tiempo sin esa tecnología parecen inverosímiles

La aparente facilidad de acceder a las nuevas tecnologías suele nublar la vista, se deja de considerar que hasta hace algunos años muchas cosas no existían tal y como hoy las conocemos, las herramientas para la comunicación se integran a nuestra vida diaria en forma tan simple que incluso resulta difícil explicar su uso; suele ocurrir con quien entra por primera vez al Twitter y pregunta para qué sirve, cómo funciona y qué sentido tiene, lo mismo aplica para internet en general, los blogs, las redes sociales. Incluso se decreta la caducidad de algunas de estas herramientas, por ejemplo los blogs, ya no son lo de hoy.

Esta cercanía con el desarrollo tecnológico, además de nublar la memoria, suele jugar malas pasadas al momento de establecer los criterios para una discusión sobre los derechos individuales y la libertad, ahí está el caso de Yoani Sánchez, bloguera cubana que no puede asistir a recibir un reconocimiento que le entregó la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia de Nueva York por el simple hecho de que no puede salir de Cuba, no importa que la revista Time la haya considerado en la lista de las 100 personas más influyentes del mundo. Yoani no puede salir de su país. No sólo eso, en fechas recientes, Yoani fue secuestrada junto con tres acompañantes para que no asistiera a una marcha contra la violencia, fue golpeada y amenazada, lo escribió así en su blog Generación Y (http://www.desdecuba.com/generaciony/): “Nos dejaron tirados y adoloridos en una calle de la Timba, una mujer se acercó ‘¿Qué les ha pasado?’… ‘Un secuestro’, atiné a decir. Lloramos abrazados en medio de la acera, pensaba en Teo, por Dios cómo voy a explicarle todos estos morados. Cómo voy a decirle que vive en un país donde ocurre esto, cómo voy a mirarlo y contarle que a su madre, por escribir un blog y poner sus opiniones en kilobytes, la han violentado en plena calle. Cómo describirle la cara despótica de quienes nos montaron a la fuerza en aquel auto, el disfrute que se les notaba al pegarnos, al levantar mi saya y arrastrarme semidesnuda hasta el auto. Logré ver, no obstante, el grado de sobresalto de nuestros atacantes, el miedo a lo nuevo, a lo que no pueden destruir porque no comprenden, el terror bravucón del que sabe que tiene sus días contados”.

Me queda claro que Cuba es una dictadura, aunque ya alguien me explico que no entiendo nada con el tramposo argumento de la repartición de la miseria, donde a todos les toca lo mismo o como solían decirme en los tiempos que no había control remoto: pero todos los cubanos desayunan un huevo diario.

También se me explicó que Yoani es una estrategia de los poderes fácticos (especie de Liga de la Maldad que sirve para explicar cualquier cosa) y que vivo engañado por la propaganda. No importa si no considero a Cuba un país comunista y sí una dictadura, el argumento final de quien me explica es que no quiero entender nada porque soy un pequeño burgués.

No importa la aparente facilidad con que se pueda acceder a las nuevas tecnologías, las explicaciones de quienes defienden a la dictadura cubana sigue siendo las mismas, no hay argumentos, es una cuestión de fe en la que se confunde un ideal desde la comodidad donde basta asistir a la marcha y convocar a ella a través de los medios electrónicos. Ni si quiera se trata de una discusión ideológica, no se reduce a ser de izquierda o de derecha, es algo más simple: la libertad de decir.




Publicado en La Jornada Aguascalientes (29/11/09)

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