Un honesto contador de mentiras
Jorge Álvarez Máynez
Conocí a Edilberto Aldán el pasado 9 de diciembre. Como en pocas ocasiones que me es regalado un libro, tenía interés de leer el texto con el que ganó un certamen organizado por el gobierno del Estado de México, en supuesta conmemoración del bicentenario de la independencia.Normalmente, cuando recibo libros, los ojeo, y los dejo para después. No es que sea ingrato, sino que siempre he sentido que el encuentro con las letras debe ser producto de un camino personal. De una evolución autónoma.
Cuando me regalan ediciones independientes, soy aún más desconfiado, aunque el morbo nunca me deja que se escapen por completo. Es saludable tener referentes propios a la hora en que las camarillas culturales se destrozan entre ellas, en el Café del Codo.
El libro de Edilberto siempre me sedujo. No sólo porque pese a la poca frecuencia con la que lo veo, lo considero uno de mis mejores amigos en Aguascalientes. El entusiasmo con el que me lo obsequió y me lo recordó después, su creciente calidad en los artículos dominicales que publica en este diario, y la pasión con la que devora las ideas, me convencían de que sería una lectura que valdría la pena. Una que haría por voluntad, y no por compromiso.
En un principio, la preparación del primer aniversario del periódico me impidió leerlo. Después, parecía que había encontrado la ocasión perfecta: un viaje a Oaxtepec, Morelos, para ser parte del Congreso Nacional del PRD, para el que fui electo delegado. En las inútiles discusiones de la mesa de estatutos, tendría el tiempo para escapar con las palabras de Aldán. Pero la casualidad no me dejó.
Salía de Aguascalientes, con prisa, y Valentina me pidió el libro para jugar con él. Le dije que sí, como siempre, pero que en esta ocasión le pedía un especial cuidado: el libro era muy importante. La presión surtió un efecto pocas veces visto en esa inteligente niña: prefirió dejar el libro a un lado y jugar con algún otro artefacto. Con la prisa de subir las cosas al automóvil, dejé el libro, olvidado, en la cama. Lo extrañé.
Regresé de Oaxtepec, y lo primero que tomé en mis manos, al subir a mi cuarto, fue el libro de Edilberto, que coloqué junto a un disco de Ely Guerra, que había comprado, una serie de televisión que me habían recomendado y adquirí (“How i met your mother”) y otras lecturas pendientes, entre las que estaban un estudio sobre Los Miserables, de Federico Reyes Heroles, la “Letras Libres” de este mes (la que disfruto, sin advertir la avanzada imperialista que muchos de mis amigos observan en sus páginas) y el especial del semanario “The Economist” para el 2010.
Pero la suerte, maldita, me había traído otro inconveniente. De buenas a primeras, el lunes amanecí con un ojo completamente inutilizado. El malestar se alivió un poco hasta el martes, día en el que, cansado, después del cierre del periódico, tomé las lecturas pendientes, con el libro como mi absoluta prioridad, y subí a dormir. Al llegar a la cama, y extender la mano para alcanzar los cuentos de Aldán, me percaté de que faltaba el libro. El sueño y el ojo (todavía con malestar) me aconsejaron no bajar.
La mañana del miércoles 9 de diciembre no hubo obstáculos. Nos encontramos, mano a mano, el libro y yo. Fue el día en que conocí a Edilberto Aldán, entre la ficción y la realidad; una versión, como él repite, menos aburrida de la que hemos tenido en los cafés, en las instalaciones de La Jornada, y en las breves charlas en conferencias y lugares públicos. Entre su vida y sus cuentos, no tengo dudas: sin renunciar a su vida, me quedo con sus cuentos.
Por convicción, su libro es ya parte de mi historia personal. Edilberto sabe contar mentiras, y lo hace de una forma honesta.
Aprovecho para el aviso: el libro está ya a la venta en la librería El Barco.
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