15 diciembre 2011

Soliloquio

Soliloquio
(acerca de Espejo de mareas de Regina Kalach Atri)

¿Qué te ha dicho la palabra de fosforescentes hilos?
Pocas cosas tan perturbadoras como una persona hablando sola. Un espectáculo fascinante del que no se puede retirar la mirada, cuando se descubre a alguien en esa situación resulta difícil dejar de verlo. En mi caso, hago lo posible para no perder detalle de lo que ocurre en ese mundo, porque cuando alguien habla solo, se está creando un mundo, así que no me importa mirar de soslayo o buscar un refugio para poder atender ese espectáculo de creación.
Digo que se crea un mundo, porque con “hablar solo” no me refiero a las preocupaciones cotidianas que logran que por un momento nos aislemos para concentrarnos en una preocupación, la impaciencia o excitación (¿dónde dejé las llaves?, ¿cerré la puerta con seguro?, ¿se me verá bien esta falda?, ¿me esperará?).
Me refiero a quienes hablan a solas con una concentración tal que se aíslan del resto, en un soliloquio. Un monólogo que no tiene destinatario, es para uno mismo, es un círculo, no hay nadie del otro lado (y no importa).
Sé que estoy generalizando, pero me parece que hay un patrón entre esos que hablan solos (el de crear un mundo) y eso permite considerar tres clases: los niños, los abandonados y los locos.

Tu sueño se agota en su propia exuberancia.
En el juego, el niño, levanta un mundo donde las únicas reglas responden al espíritu lúdico, con una estructura propia y cuyo fin es el juego mismo. En la soledad, el abandonado, recrea un mundo que ha dejado de existir, al que desea volver. Acerca del loco, para simplificar usamos locura como sinónimo de distinto, llamamos loco al que no se nos parece, al que se salta la norma, al diferente. En una progresión irreflexiva se van agregando sujetos de acuerdo a la distancia que se desea que haya entre nosotros y ellos. Simplificamos a mansalva calificando de locos desde quienes se atreven a romper la norma (por mínima o absurda que sea) hasta quienes deambulan por las calles enfermos, parias, lejos de este mundo, en el suyo.
Y todo ellos a través de un instrumento solo: las palabras.
Otra generalización: en el uso de la palabra, los niños, los abandonados y los locos tienen un semejante: el poeta.
Espero que, en el afán de demostrar un punto, no estar llevando al extremo los ejemplos, la comparación me parece pertinente. Además, queda claro que hay distintos tipos de poetas, voy a emplear una división que siempre me ha funcionado, los poetas se dividen entre los eliotianos y los whitmanianos, los primeros se caracterizan por su inteligencia concentrada, son los que hacen de la razón el tamiz por el que pasan todos sus versos, sí, el mundo los deslumbra, pero consideran que no hay mayor espectáculo que compartir esa visión a través de la agudeza y un discernimiento que no se permite distracciones; mientras que los whitmanianos crean el mundo a partir de la sorpresa, son luminosos y explosivos, las preguntas que se hacen sobre la naturaleza las realizan a bote pronto, no les importa seguir un método sino compartir de inmediato el resultado de su contemplación.

Al final del día, tu mirada ansía el oscuro de la noche; el sueño que te habrá de reparar después de tanto brote, tanto fuego
Regina es ese tipo de poeta, explosiva, sensual, exuberante; Espejo de mareas es el registro de sus pasiones. Una bitácora personalísima que abruma por su intención indagatoria, leer estas páginas es atestiguar su manera combativa de estar en el mundo: el soliloquio de quien tiene los sentidos dispuestos a dejarse maravillar, pero no dejará la oportunidad de preguntarse sobre el sentido de las cosas.
En la escritura de este libro, estos libros es evidente un ánimo infantil (los niños hablan a solas) en la forma en que se inquiere a la naturaleza, incluso a Dios o los dioses, no es que se pregunte acerca del origen del milagro, por ejemplo, lo que la poeta hace es preguntarse sobre el cómo, no el para qué. Está también el abandonado, el que pregunta al tiempo, al mito, a la memoria y sobre todo al otro sobre el sentido de su existencia, de nuevo un cómo, no un con qué fin; y, el loco, quien está del otro lado, en este caso, excluido voluntariamente para ser testigo de sí mismo, se cuestiona acerca del cuerpo y el tiempo (sus consecuencias), sobre todo el dolor.
Creo que cada uno de los poemarios que conforman Espejo de mareas (al menos seis: El Extranjero; Los Dioses; Del cuerpo y sus cercanías; La Luz; Latido; y Trazos) forman parte de un soliloquio que intenta explicarse el mundo, insisto, no en el sentid de desentrañar los motivos del milagro de estar vivo, sino con el afán de aprehender la experiencia. Regreso a mi referencia acerca de lo whitmaniano, la inteligencia que guía la mano de Regina es un afán constante de dejarse llevar por las preguntas, el único método posible para esa escritura es la exuberancia.

Escuchas en sus temblores un vocablo que te acecha y se esconde, el que te llama por tu nombre
Me quiero detener un momento aquí y compartir la sorpresa, explicar por qué Espejo de mareas es varios libros, no sólo por la división con que la poeta busca la unidad, un eje temático para cada serie de textos, finalmente, el lector tiene el derecho de abordar esta bitácora tal y como se le pegue la gana, abrirlo por la mitad o por el título más llamativo. Es muchos libros porque Regina está obsesionada con entender (de nuevo y cuantas veces sea necesario, no para qué, sino un cómo) y eso hace que a cada experiencia la interrogue con un poema.
Me disculpo por utilizar el lugar común de “nunca nos bañamos en el mismo río”, pero la imagen sirve para explicar la escritura de tres, cuatro o cinco poemas con el mismo tema en Espejo de mareas, lo que yo leo en la escritura de Regina, es un sumergirse constante en el mismo hecho para desentrañarlo, sabedora de que al compartirlo no sólo repetirá la experiencia, algo mejor, algo que sólo los poetas logran: la recuperan y encapsulan para el lector.
En su escritura hay un idilio constante con la repetición, además del uso de ciertos colores, algunas metáforas y, por supuesto, las figuras míticas se contiene la intención de compartir este asombro del mundo (otra muestra de esa generosidad son las citas a lo largo del libro señales de los otros poetas con que Regina se acompaña).
Una muestra de esta exploración constante está en Del cuerpo y sus cercanías, sin duda el trabajo más personal, la unidad más lograda de Espejo de mareas¸ por la capacidad “inocente” de hacer del dolor una experiencia universal sin caer en la complacencia del melodrama o la victimización, lo que logran los textos de ese apartado es llevarnos ahí, estar en esa piel, vivir esa ausencia.
Algo similar logra Regina en Trazos, el poeta en su soliloquio, más que ante la página en blanco, ante la ventana, dispuesta a dejarse maravillar por el mundo, para después, recrearlo y compartirlo.
Quiero cerrar con una cita que todo el tiempo que estuve leyendo Espejo de mareas tuve en mente, es del Odysséas Elytis, de su ensayo Antes que nada la poesía: En el fondo quería cantar de manera diferente a como cantan los demás -así desentonara. Este libro es un canto personalísimo. No me resta más que invitarlos a adentrarse en él.

¿A quién ofreces el hilo si eres tú quien entra al laberinto? Palabras, hebras de oro, te conducen. Te pierdes, te viertes en tintas. Eres escritura.

(*) Las líneas en cursivas pertenecen a Espejo de mareas.

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