02 enero 2012

Inicio y propósito


Perdón por intolerarlos
Inicio y propósito

El nombre de esta columna se lo debo a mis amigos, una anécdota que me contaron acerca de un estridente y desafinado cantante que en el transporte público se encargó de fastidiar a los viajeros, tras un largo rato de incomodarlos y ante el visible enfado de los escuchas ofreció una disculpa, no por el castigo al que los sometió, sino por haberlos hecho perder la paciencia y con ello revelar su intolerancia. El chirriante solista se despidió con la frase que da nombre a este texto semanal.
Cuando me contaron la anécdota, tras la risa, pensé que era el título ideal para calificar la desesperación que me embarga ante la situación política del país, la vulgaridad de sus políticos y la mediocridad con nos negamos a asumir las responsabilidad de ser ciudadanos para sólo gozar los beneficios. Supongo que el cantante estridente se disculpaba por lo que provocaba en los otros porque sabía que no iba a dejar de entonar sus canciones, algo similar me ocurre al momento de pensar los textos para esta columna.
En más de una ocasión me han señalado el error de titular así esta columna, me corrigen señalando que lo que realmente quiero decir es que ofrezco una disculpa por no tolerarlos, pues excusarse por provocar la intolerancia ajena no es lo “correcto”, sólo entonces explico las razones del nombre, no lo había hecho hasta ahora porque  lo consideraba innecesario, que en esta propuesta de diálogo (eso ante todo) el lector entienda lo que quiera y sea pretexto para establecer la conversación.
Ahora lo explico porque durante el periodo vacacional tuve que ofrecer una y otra vez una disculpa por despertar la intolerancia de mis amigos y familiares al no poder embarcarme en el ánimo festivo al que invitan los festejos de estas fechas. Ante la esperanzan de una mejora, ante la expectativa de prosperidad que trae el inicio de un año, me he rendido al pesimismo, no me he podido sumar a la creencia de que todo tiene arreglo y será mejor, por supuesto, sigo sin conceder el beneficio de la duda a la clase política. Tampoco es que me haya esforzado demasiado, pero sobre todo, creo que mi actitud responde a lo que me ha dejado el 2011 y que me lleva a responder, de bote pronto, cuando me preguntan por qué el gesto adusto, que creo que a este país ya se lo llevó la chingada. Así, sin solución.
Luego explico el pesimismo, el recuento de lo que he presenciado como para no guardar esperanza alguna sobre las posibilidades de cambio de eso a lo que llamamos país: casas de 23 m2 en las que habitan diez personas, montones de niños en edad escolar que viven encerrados y sin asistir a la escuela mientras sus padres trabajan por un sueldo miserable, constructoras que venden casas donde los desagües dan a la calle, gobiernos y gobernantes corruptos que se aprovechan de la población y violan las leyes que prometieron respetar.
Lo peor, el núcleo del desaliento, reside en lo que como sociedad somos (y sí, estoy generalizando, y sí me incluyo): rápidos para la queja, fáciles para el soborno y egoístas, lentos para el compromiso colectivo, torpes para la acción y morosos para el análisis. A este país ya se lo llevó la chingada, repetí en la conversación con amigos y familiares ante la perspectiva de lo que traerá el 2012, a pesar de que intentaban convencerme de lo contrario y ejemplificaban con las cosas por las que vale tener esperanza: la conversación, la convivencia, la inocencia de los niños.
Así, intoleré a quien pude durante las vacaciones. Hoy me proponía hacerlo con los posibles lectores de esta columna, tenía a la mano muchísimos ejemplos más para justificar esta decepción constante. Entonces, comencé a escribir. Recordé la amistad y la familia, pensé en los motivos para escribir, en algún momento creí que lo mejor sería rendirse, si es cierto que no hay remedio, entonces, todo esto ¿para qué? Además, sospeché que mi colaboración desentonaría con el tono de ilusión de estas fechas de frases celebres y buenos deseos, pero sobre todo: recordé.
Es posible que nosotros, todos, no tengamos remedio, sin embargo, lo único que nos queda, es el propósito de cambiar. La respuesta, la que estaba buscando para combatir mi desaliento crónico, me acompaña desde hace mucho, son unas líneas de los Cuatro cuartetos de T.S. Eliot (la traducción es de José Emilio Pacheco):
Por eso cada intento
Es un nuevo comienzo, una incursión en lo inarticulado
Con un mísero equipo cada vez más roído
En el desorden general de la inexactitud del sentimiento,
Escuadras de la emoción sin disciplina.
Y lo que debe ser conquistado
Mediante fuerza y sumisión, ya ha sido descubierto
Una, dos, varias veces por hombres que uno no tiene esperanza de emular
—Pero no hay competencia:
Sólo existe la lucha por recobrar lo perdido
Y encontrado y perdido una vez y otra vez
Y ahora en condiciones que parecen adversas.
Pero quizá no hay ganancia ni pérdida:
Para nosotros sólo existe el intento.
Lo demás no es asunto nuestro.
Eso lector, eso que es tan poco y tanto es nuestro único asunto. Mis mejores deseos para cambiar lo que está en nuestras manos.

Publicado en La Jornada Aguascalientes. Enero 2, 2012

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