Perdón por intolerarlos
Inicio y propósito
El nombre de
esta columna se lo debo a mis amigos, una anécdota que me contaron acerca de un
estridente y desafinado cantante que en el transporte público se encargó de
fastidiar a los viajeros, tras un largo rato de incomodarlos y ante el visible
enfado de los escuchas ofreció una disculpa, no por el castigo al que los
sometió, sino por haberlos hecho perder la paciencia y con ello revelar su
intolerancia. El chirriante solista se despidió con la frase que da nombre a
este texto semanal.
Cuando me
contaron la anécdota, tras la risa, pensé que era el título ideal para
calificar la desesperación que me embarga ante la situación política del país,
la vulgaridad de sus políticos y la mediocridad con nos negamos a asumir las
responsabilidad de ser ciudadanos para sólo gozar los beneficios. Supongo que
el cantante estridente se disculpaba por lo que provocaba en los otros porque
sabía que no iba a dejar de entonar sus canciones, algo similar me ocurre al
momento de pensar los textos para esta columna.
En más de una
ocasión me han señalado el error de titular así esta columna, me corrigen
señalando que lo que realmente quiero decir es que ofrezco una disculpa por no
tolerarlos, pues excusarse por provocar la intolerancia ajena no es lo
“correcto”, sólo entonces explico las razones del nombre, no lo había hecho
hasta ahora porque lo consideraba
innecesario, que en esta propuesta de diálogo (eso ante todo) el lector
entienda lo que quiera y sea pretexto para establecer la conversación.
Ahora lo explico
porque durante el periodo vacacional tuve que ofrecer una y otra vez una
disculpa por despertar la intolerancia de mis amigos y familiares al no poder
embarcarme en el ánimo festivo al que invitan los festejos de estas fechas.
Ante la esperanzan de una mejora, ante la expectativa de prosperidad que trae
el inicio de un año, me he rendido al pesimismo, no me he podido sumar a la
creencia de que todo tiene arreglo y será mejor, por supuesto, sigo sin
conceder el beneficio de la duda a la clase política. Tampoco es que me haya
esforzado demasiado, pero sobre todo, creo que mi actitud responde a lo que me
ha dejado el 2011 y que me lleva a responder, de bote pronto, cuando me
preguntan por qué el gesto adusto, que creo que a este país ya se lo llevó la
chingada. Así, sin solución.
Luego explico el
pesimismo, el recuento de lo que he presenciado como para no guardar esperanza
alguna sobre las posibilidades de cambio de eso a lo que llamamos país: casas
de 23 m2 en las que habitan diez personas, montones de niños en edad escolar
que viven encerrados y sin asistir a la escuela mientras sus padres trabajan
por un sueldo miserable, constructoras que venden casas donde los desagües dan
a la calle, gobiernos y gobernantes corruptos que se aprovechan de la población
y violan las leyes que prometieron respetar.
Lo peor, el
núcleo del desaliento, reside en lo que como sociedad somos (y sí, estoy
generalizando, y sí me incluyo): rápidos para la queja, fáciles para el soborno
y egoístas, lentos para el compromiso colectivo, torpes para la acción y
morosos para el análisis. A este país ya se lo llevó la chingada, repetí en la
conversación con amigos y familiares ante la perspectiva de lo que traerá el
2012, a pesar de que intentaban convencerme de lo contrario y ejemplificaban
con las cosas por las que vale tener esperanza: la conversación, la
convivencia, la inocencia de los niños.
Así, intoleré a
quien pude durante las vacaciones. Hoy me proponía hacerlo con los posibles
lectores de esta columna, tenía a la mano muchísimos ejemplos más para
justificar esta decepción constante. Entonces, comencé a escribir. Recordé la
amistad y la familia, pensé en los motivos para escribir, en algún momento creí
que lo mejor sería rendirse, si es cierto que no hay remedio, entonces, todo
esto ¿para qué? Además, sospeché que mi colaboración desentonaría con el tono
de ilusión de estas fechas de frases celebres y buenos deseos, pero sobre todo:
recordé.
Es posible que
nosotros, todos, no tengamos remedio, sin embargo, lo único que nos queda, es
el propósito de cambiar. La respuesta, la que estaba buscando para combatir mi
desaliento crónico, me acompaña desde hace mucho, son unas líneas de los Cuatro cuartetos de T.S. Eliot (la
traducción es de José Emilio Pacheco):
Por eso cada
intento
Es un nuevo
comienzo, una incursión en lo inarticulado
Con un mísero
equipo cada vez más roído
En el desorden
general de la inexactitud del sentimiento,
Escuadras de la
emoción sin disciplina.
Y lo que debe
ser conquistado
Mediante fuerza
y sumisión, ya ha sido descubierto
Una, dos, varias
veces por hombres que uno no tiene esperanza de emular
—Pero no hay competencia:
Sólo existe la
lucha por recobrar lo perdido
Y encontrado y
perdido una vez y otra vez
Y ahora en
condiciones que parecen adversas.
Pero quizá no
hay ganancia ni pérdida:
Para nosotros
sólo existe el intento.
Lo demás no es
asunto nuestro.
Eso lector, eso
que es tan poco y tanto es nuestro único asunto. Mis mejores deseos para
cambiar lo que está en nuestras manos.
Publicado en La Jornada Aguascalientes. Enero 2, 2012

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