Perdón por intolerarlos
¿Te acuerdas del Nopal?
Además del
placer de la conversación al que rendimos tributo con deleite, son tan escasas
las oportunidades de la reunión familiar (vivimos al menos a seis horas de
distancia uno del otro) que cuando nos encontramos, las sobremesas unen la
comida con la cena y luego el desayuno, no hay tema que dejemos pasar, a lo
largo del año hemos acumulado las anécdotas para mantener vivo el fuego de la
palabra y cuando la novedad desfallece se reaviva con la memoria, en casa de mi
madre, mis hermanos y yo nos empeñamos en mostrar la posibilidad de un objeto
imposible, una máquina de movimiento perpetuo que no interrumpe el diálogo.
No hay tema
vedado, vamos del ámbito íntimo a la esfera pública, del chisme personal a las
preferencias políticas, con tal de extender el placer saltamos de los secretos
de la cocina (las garnachas oaxaqueñas se fríen en manteca con todo y salsa)
hasta la obviedad de la vergüenza pública (en Aguascalientes el gobernador y la
alcaldesa pagan por la adulación, les digo; y me reviran: en Oaxaca, el
gabinete de Gabino Cue lo conforman los mismo priístas de siempre y quien mece
la cuna es Diódoro Carrasco; en ambos estados se ha dejado de perseguir a los
ex gobernadores –Luis Armando Reynoso y Ulises Ruiz- a pesar de lo evidente de
sus fechorías); algunos temas adquieren su dimensión real: las pifias de López
Obrador que no sabe el precio del boleto de metro o la incapacidad lectora de
Peña Nieto, ambas difundidas y ampliamente comentadas en las redes sociales
languidecen en importancia cuando Madre nos refiere que en la cocina
comunitaria le dan a los perros la soya que entrega el DIF estatal como parte
de la despensa, porque las encargadas no saben cómo prepararla.
Hablamos, por
supuesto, de las próximas elecciones. Los tres hermanos tenemos muy claro que
no queremos votar por el PRI, conocemos al monstruo, la memoria de las crisis
abarca más allá de la ineptitud de los gobiernos panistas recientes, todos
vivimos alguna vez en un Distrito Federal gobernado por el PRD y sabemos cómo
la avaricia consume cualquier ideología. Creo que compartimos la necesidad de
ser felices, sabemos que el cambio es necesario y que comienza en lo individual,
sin embargo, cada vez nos cuesta más trabajo mantener la convicción de ese
cambio, sobre todo cuando la realidad nos pega enfrentándonos a la facilidad
con que otros (miles, millones de habitantes) se acomodan en la mediocridad de
extender la mano, viven de la política despensera y rápido se adaptan en los
nichos de confort que ha creado un Estado de prácticas priístas a las que los
políticos de otro partido no le aplican las reformas necesarias y, con siglas y
logos distintos, siguen fomentando la opacidad y eluden la rendición de cuentas.
Estamos desencantados.
Los amigos que se
unen a la mesa saben no hay otra regla que alimentar al otro con su palabra, no
se les exige más que la disponibilidad a escuchar y ser escuchados. Uno de esos
amigos vive todavía en el lugar donde fuimos adolescentes, llega a la
conversación para ponernos al día sobre el destino de quienes fueron nuestros
vecinos, contribuye a la plática con historias que comienzan con una
adivinanza: ¿Saben qué le pasó a?
Así nos contó la
historia de Isaí. ¿Se acuerdan del Nopal?
Nos reímos por la efectividad del apodo, un niño lerdo y de sangre pesada.
Rápido el recuento: la familia del Nopal
vivía al lado de la casa materna, se instalaron en la colonia en un terreno de
donación municipal, levantaron su vivienda seguros de que la repentina construcción
evitaría que los sacaran; durante varios años se robaron los servicios, al
menos agua y luz, en más de una ocasión mi padre les pidió que no se conectaran
a nuestra toma; varios años su casa estuvo en obra negra, siempre un muro
echado al ahí se va, una ampliación a medias, una habitación por enjarrar, un
hueco a llenar por una ventana.
Después
convirtieron su casa en una guardería, ¿cómo?, sin permiso por supuesto, pero
con la ayuda de sus “hermanos”, los miembros de su iglesia aportaron los niños
para que el negocio pudiera salir adelante. La familia floreció a la
mediocridad de la clase media suburbana, ahí los dejamos de ver.
El amigo que
cuenta la historia, nos actualiza, el negocio clandestino dio para que el Nopal y sus hermanos mayores estudiaran
la universidad, encontraran trabajo, se fueran de casa, excepto el Nopal, Isaí siguió viviendo varios años
ahí. El niño torpe se convirtió en un adulto anodino, trabajó en un taller
mecánico y algunos lo siguieron llamando Nopal,
hasta que comenzó a portar pistola.
No nos dieron
detalles, sólo pinceladas burdas, esas bastan: en el taller mecánico Isaí hizo
las amistades adecuadas para comenzar con crímenes menores, robo de autopartes,
y nadie dijo nada. Después amplió sus miras, llegaba a su casa con aparatos
electrónicos, tampoco nadie dijo nada. El relato es confuso, fraccionado, se
nos cuenta del orgullo con que la familia de Nopal distinguía al hijo que la supo hacer, el que ayudó a terminar
la casa siempre en construcción, el embeleso que provocaban los autos de lujo en
que llegaba, nadie cuestionó lo licitud de sus fondos.
Al Nopal lo detuvieron por pertenecer a una
banda de secuestradores. El parte oficial señala que se dedicaban a secuestrar
comerciantes de los municipios de Cuautitlán Izcalli, Tultitlán, Coacalco,
Tlalnepantla y Atizapán de Zaragoza. Una vez que obtenían el pago por el
rescate, ejecutaban a los secuestrados, se deshacían de los restos en los
canales de aguas negras de la zona de Tepozotlán.
El comunicado de
la Secretaría de Seguridad Pública federal dice de Isaí que era el líder de la
banda, encargado de la logística, intercepción de las víctimas, negociaciones y
cobro de los rescates, así como “de llevar a cabo el homicidio de algunos
plagiados”; también señala que su detención en Tlaxcala, fue resultado de un
trabajo de “inteligencia”.
En la sobremesa,
el amigo que nos preguntó si nos acordábamos del Nopal asegura que fue descubierto porque una de sus víctimas
sobrevivió, a pesar de que lo mantuvieron con el rostro tapado, tras salir del
canal de aguas negras, acudió a la policía para denunciar a Isaí, a quién
identificó plenamente como su raptor.
¿Se acuerdan del
Nopal?, nos preguntó. La última vez
que lo vi era un niño de siete u ocho años. Resulta inevitable pensar por un
momento que, siendo nuestro vecino, algo, lo que sea, pudimos haber hecho. ¿Cómo
prever que ese niño lento y algo bruto se iba a transformar en eso? Miro la
fotografía que circula en internet, imposible imaginar que elegiría ese
destino.
Isaí no es Omar El Gato Ortiz, no tiene en sus
antecedentes un pasado llamativo como el ex portero de los Rayados de
Monterrey, nada que lo haga destacar o llame la atención. Es una historia más,
un nombre al que no se le dedicará más atención que unas cuantas líneas en un
parte informativo, será un número en un informe, como él, sus víctimas también
serán olvidadas.
¿Se acuerdan del
Nopal? Se queda la pregunta en el
aire. No puedo evitar pensar en los vecinos, en qué podrán estar haciendo sus
padres, en el silencio. El silencio en que deben vivir para no pensar. En el
silencio que espesó entre nosotros tras escuchar la historia de Isaí. En sus
víctimas, en nosotros, que callamos.
Publicado en LaJornada Aguascalientes (09/01/2012)

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