En La Jornada Aguascalientes dominical, una conversación de Javier Moro con Marcos Giralt Torrente, autor de El
final del amor.
El cine y la publicidad han
contribuido a crear una visión estereotipada del amor
Javier
Moro Hernández
El
libro de cuentos El final del Amor del
escritor español Marcos Giralt Torrente, se hizo acreedor del II Premio
Internacional de Narrativa Breve y representa además el regreso del escritor
español nacido en Madrid en 1968, al género que lo dio a conocer, después de
haber ganado el Premio Herralde de Novela 1999 con París y de ganar también el Premio Nacional de Narrativa de España
por su libro Tiempo de vida, libro de
ensayos autobiográficos, en donde nos narra la relación que sostuvo con su
padre, el pintor Juan Giralt, quién había fallecido poco tiempo antes víctima
del cáncer.
El final del Amor representa un
reinicio en la carrera del escritor. Un reinicio que Giralt Torrente hace
además buceando en las profundidades del amor, tema universal y problemático
como pocos. Pero Giralt Torrente lo hace buscando, indagando en las
profundidades, en las fronteras del tema. Cuatro cuentos comprenden este libro
editado por la editorial española Páginas de Espuma, especializada en el
cuento, pero que en esta ocasión cuenta con la co- edición de Colofón, lo que
permitirá que el libro tengo un valor más accesible para el mercado mexicano.
Tuvimos
la oportunidad de platicar con el autor sobre este libro y esto fue lo que nos
contó:
Javier Moro Hernández: En El final del amor, obviamente, el tema
central es el amor (y sus diferentes formas y manifestaciones), pero quería
ahondar un poco en la forma en la que nacieron estos cuentos que conforman el
libro, las ideas que los hicieron nacer.
Margos Girat Torrente: El libro no
obedece a un plan muy predeterminado, ni siquiera el tema del amor era una
premisa de partida. Creo que El final del
amor es el libro más espontáneo de cuantos he escrito. Por lo menos en su
arranque. Tras la escritura de mi libro anterior, Tiempo de vida, una memoria autobiográfica sobre mi relación con mi
padre, en la que lo desnudaba a él y me desnudaba yo, quedé tan extenuado por
la exposición de mi intimidad, que necesité correr a esconderme tras la máscara
de la ficción. Fue una verdadera necesidad, un automatismo, podríamos decir. Un
día me vi escribiendo el primer cuento de la colección y a ese le siguió otro.
Hasta que no llevaba escritos los dos primeros no me planteé que lo que tenía
entre manos podía convertirse en un libro. Cuando me di cuenta, para completar
el volumen, me propuse escribir dos cuentos que compartieran ciertos rasgos con
esos dos primeros. Ahí surgió lo de
seguir explorando el amor, que estaba presente en ambos, así como la extensión
más bien larga, la voz en primera persona y demás.
JMH: Muchas veces creemos que el amor es
unívoco, que no hay diferencias, sin embargo tus cuentos, tu libro, me hizo
pensar en que esto no es así. Hay amores que matan, hay amores tramposos,
inocentes, etc. Muchas formas. ¿Con qué idea del amor comulga Marcos Giralt
como autor?
MGT: Efectivamente, hay pocas cosas
univocas. Y creo que no es posible hablar de “amor” sino de amores. El discurso
amoroso, la visión del amor que se tiene en la contemporaneidad, esta
totalmente contaminada. Y lo ha estado en todas las épocas. Ha un libro
precioso, El amor en occidente de
Denis de Rougemont que demuestra cómo la idea del amor es una construcción. En
esa construcción influye la literatura de cada tiempo pero también la
ideología, la religión y por supuesto, la política. Sobre el amor intentan
legislar religiosos, políticos y moralistas, porque el amor ha sido
históricamente una fuerza subversiva capaz, por ejemplo, de deshacer alianzas
políticas. Pero esa construcción nunca ha sido tan rampante como ahora. El cine
y la publicidad han contribuido a crear una visión estereotipada del amor,
centrada casi exclusivamente en el cortejo y en el sexo, que es profundamente
reductora y simplista y que es causante de muchas frustraciones entre quienes
no creen estar a la altura de esa visión de esa visión del amor que se no vende como única.
JMH: Uno de los textos que más me llamo
la atención es Cautivos, me gusta la
posibilidad que abre el narrador de entrar (aunque sea de manera lejana) en una
larga historia (que no podríamos llamar exactamente de amor) entre dos
personas. El narrador sirve aquí de intérprete
hacia los lectores de la historia, por un lado, y de testigo, del otro. ¿Cómo
fue la construcción de este cuento?
MGT: No estoy de acuerdo en que no sea
una historia de amor. Los protagonistas de mi cuento se quieren, se quieren
tanto que no pueden vivir el uno sin el otro. Ahora bien, su amor es distinto,
no cabe duda, del estereotipo. Para empezar no se desean. Pero me pregunto: ¿es
que siempre tiene que haber deseo en el amor? Siempre me han gustado los
narradores observadores, aquellos que no son directamente protagonistas del
drama que cuentan pero lo conocen de primera mano. Dan pie a muy sugestivos
juegos de puntos de vista, de interpretaciones… Su posición es literariamente
muy fértil, pues entre otras cosas permiten crear la ilusión de que su
conocimiento de las claves de lo que están contando crece en paralelo al del
mismo lector.
En cuanto a la génesis, todos los
cuentos del libro están relacionados más o menos explícitamente con algún
escritor, a veces con varios, de mi preferencia. Y Cautivos no es una excepción. En este caso el homenaje se lo hago a
Willa Chater, que tiene una nouvelle,
Mi enemigo mortal, en la que mi
cuento está inspirado.
JMH: Por otro lado, el cuento de Joanna, me parece un cuento enternecedor
con un final que deja frío a los lectores. En este cuento me parece que nos
encontramos como lectores en ese borde de la realidad en donde lo que podemos
observar de la otra persona es solo un sesgo, una mínima parte. Me hace pensar
en lo mucho que las personas podemos esconder a los demás. Claro, en este
cuento nos encontramos con una historia que a la protagonista, a Joanna, no le
hubiera gustado que se conociera.
MGT: Todos los cuentos del volumen los
fui creando conforme los escribía. Todos salvo Joanna. Si en los otros tres, el proceso de escritura consistió en
descubrir el final partiendo del arranque, en el caso de Joanna fue el inverso. Tenía ya el final cuando arranqué a escribir
y de lo que se trató fue de descubrir el camino que me llevase hasta él. Quizá
por esto nunca me he sentido muy seguro de él, ya que lo encuentro demasiado
dependiente de ese final que opera, además, de modo sorpresivo. Lo curioso es
que es el cuento que más gusta.
Dos son las ideas que hay detrás. Una,
la de que a menudo hay familias que son un lastre para sus miembros más
jóvenes, que en lugar de cumplir con ese papel protector que se supone que es
su finalidad, parecen hacer lo contrario; y dos, que nunca sabemos los mimbres
con el que el otro está hecho, que siempre hay historias que permanecen ocultas
y que nos explican.
JMH: Tus cuentos me dan la sensación de
estar viendo a través de un velo, un velo ligero si quieres, como una lluvia
ligera, que no nos permite ver todo de los personajes. ¿Cómo trabajar este
efecto?
MGT: Los cuentos de El final del amor tienen una extensión media de 30 folios
manuscritos. Son, pues, relatos largos. Casi están al límite, podríamos decir,
ya que, si fueran un poco más largos, ya no serían relatos sino nouvelles. Y un cuento largo tiene unas
características bien definidas, distintas, por ejemplo, de las del cuento
breve. Un cuento breve está siempre más pegado a la estructura, ya que confía
su efecto al correcto funcionamiento de la trama. En un cuento largo, esto no
es tan evidente. La trama tiene que estar bien resuelta, claro, pero no es
necesario que esté en un primer plano. Se puede jugar con otros elementos, con
los personajes, con la atmósfera. Cuando escribí el libro, quise jugar al
máximo con ellos, dar a los personajes una profundidad casi novelística y que
el paisaje, la atmósfera, cobrara la entidad de un personaje más. Quería,
también, que la trama progresara no sólo verticalmente sino también
horizontalmente, por acumulación de elementos. En cuanto a esa lluvia ligera
que impide ver del todo a los personajes, proviene del punto de vista del
narrador, que, como observador, está a
la vez dentro y fuera de la historia. Hay cosas que sabe con certeza, pero sobre
otras no puede más que ofrecer conjeturas.
JMH: Por último Marcos, sé que con este
libro regresaste al genero cuentístico y quería preguntarte ¿Qué diferencia
notas entre El final del amor y tus
anteriores libros de cuento?
MGT: Mis cuentos anteriores eran más
breves y eran, por tanto, más dependientes de la trama. Funcionaban como un
mecanismo en el que todo se subordina a la correcta ejecución de su función
estructural. El final del amor me ha
permitido olvidar en muchos momentos la trama, me he sentido más libre
escribiendo los cuentos que contiene, he podido experimentar y escribir a
tientas, guiado tan sólo por mi instinto.
Publicado en La Jornada Aguascalientes (19/02/2012)

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