13 febrero 2012

Odio


Perdón por intolerarlos
Odio

El activismo a través de las redes sociales todavía no alcanza su desarrollo total. Si bien es cierto que algunas iniciativas han sido muy afortunadas y logran modificar la realidad, en muchos casos la falta de conexión entre el mundo de afuera y el mundo detrás de la pantalla no siempre se establece con total plenitud.
La virtud mayor de una campaña a favor o en contra de algo a través de las redes sociales reside en la mezcla de su rapidez y visibilidad, que aunado a la facilidad de compartir contenidos puede funcionar para alcanzar un propósito. Bastan una frase directa, una imagen contundente y facilitar la forma de colaboración para lograr un propósito. Además, mientras más simple sea el mecanismo de participación, mayores adhesiones se lograrán a una causa. Basta simplificar la intervención a darle “Me Gusta” o reenviar el mensaje para obtener resultados.
El sentido del humor tiene un gran valor en el activismo a través de las redes sociales, invitar al juego al otro, despertar su sentido lúdico, parece indispensable para lograr una réplica viral. También se obtiene una amplia difusión si se tiene la destreza suficiente para, a través de la capacidad de síntesis, despertar la solidaridad con una causa, identificarla como justa.
Sin embargo, aún no se ha desarrollado un mecanismo eficiente para lograr ir más allá de un simple “clic”, todavía es inmensa la diferencia entre quienes, por ejemplo, se comprometen a asistir a un evento y quienes participan en la vida real. Incluso hay que ser cuidadoso al momento de considerar los números que dan cuenta de los involucrados en una campaña, el que se sumen a través de las redes ni siquiera implica que estén enterados del asunto, todavía son más quienes sin leer de qué se trata, sin profundizar en el contenido y significado de la información compartida, se suman, hay ocasiones en que la difusión de un documento recibe adhesiones en forma instantánea pero al cotejar el número de veces que se ha leído o la cantidad de personas que ha entrado a una página para enterarse del asunto, los números no cuadran. ¿Cuántos eventos suman centenas o miles de asistentes a través de las redes sociales y en la realidad sólo acuden una decena?, ¿cuántos apoyos incondicionales se suman en la pantalla y cuántos realmente están dispuestos a hacer algo más que pulsar el botón del mouse?
Eso es lo que se tiene hasta ahora, con esos elementos es que hay que utilizar en nuestro provecho los mecanismos de las redes sociales. Además, mientras se logra que el efecto viral de una campaña no sea sólo la suma de voluntades para dar “clic” resulta indispensable encontrar la forma de legitimar las fuentes que dan origen a una denuncia o invitación a la acción.
Un ejemplo, durante la semana pasada en Facebook se abrió una página con el título “Odio a las mujeres”, un grupo de naturaleza ofensiva por las imágenes violentas y mensajes hostiles que propagaba. Las denuncias de los usuarios lograron que se cerrara esa página, no fue simple, a lo largo de varios días, el creador de esa página abrió otros sitios similares, mientras acumulaba comentarios de odio de quienes estaban en contra de su “idea”. A medida que pasaba el tiempo, los mensajes iban subiendo de tono hasta llegar a la amenaza y en un momento ya no se distinguía entre la malevolencia de unos y otros.
El ruido en la red social logró la atención de miles, incluso se identificó al creador de la página y se distribuyó su fotografía: un adolescente que en la imagen aparece en un salón de clases y en otra en compañía de otros estudiantes de su edad y uniformados. Más todavía, hubo quien decía haber localizado dónde vivía y subió una captura de googlemaps con la ubicación exacta del domicilio. El odio arreció. Los mensajes en contra del supuesto creador de la página convocaban a romperle la madre, matarlo, castrarlo… a castigarlo con violencia por incitar a la violencia.
¿Quién lo identificó?, ¿la imagen correspondía al creador?, ¿ese era su domicilio? No lo sabemos, todo fue resultado de grupos anónimos que en el bien de la comunidad difundía la información. ¿Y si el de la fotografía no es?, qué más da. ¿Y si alguien se anima a actuar y le rompe la madre?, tampoco lo sabremos. De ahí la necesidad de legitimar el origen de las denuncias. No se trata del tema de la capacidad de anonimato que permiten las redes, no es una cuestión de revelar la identidad de quien denuncia, sino de probar la calidad de verdad.
La página primera de “Odio a las mujeres” tenía más de dos mil “Me gusta”, no es posible distinguir todavía cuántas de esas aprobaciones consideraban que era un chiste, cuántos estaban realmente de acuerdo con las “ideas” ahí difundidas (básicamente: las mujeres son débiles y hay que golpearlas). Tampoco es posible contabilizar cuántas del total de amenazas que recibió el creador podrían transformarse en una agresión física, pero el odio, ahí está.
Ante hechos como este es que se requiere con urgencia desarrollar mecanismos para distinguir en las redes sociales la legitimidad de una denuncia, separar los juegos y las bromas de campañas verdaderas. No, este propósito no pasa por los gobiernos, no se está invitando a que se legisle acerca de la materia o que se apruebe una ley que restringa el libre uso de las redes, es algo más simple: sentido común. Mientras como usuarios no se realice un uso responsable de las redes seguirá latente el riesgo de propagar el odio.

Publicado en La Jornada Aguascalientes (13/02/2012)

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