Perdón por intolerarlos
Odio
El activismo a través de las
redes sociales todavía no alcanza su desarrollo total. Si bien es cierto que
algunas iniciativas han sido muy afortunadas y logran modificar la realidad, en
muchos casos la falta de conexión entre el mundo de afuera y el mundo detrás de
la pantalla no siempre se establece con total plenitud.
La virtud mayor de una campaña a
favor o en contra de algo a través de las redes sociales reside en la mezcla de
su rapidez y visibilidad, que aunado a la facilidad de compartir contenidos puede
funcionar para alcanzar un propósito. Bastan una frase directa, una imagen contundente
y facilitar la forma de colaboración para lograr un propósito. Además, mientras
más simple sea el mecanismo de participación, mayores adhesiones se lograrán a
una causa. Basta simplificar la intervención a darle “Me Gusta” o reenviar el
mensaje para obtener resultados.
El sentido del humor tiene un
gran valor en el activismo a través de las redes sociales, invitar al juego al
otro, despertar su sentido lúdico, parece indispensable para lograr una réplica
viral. También se obtiene una amplia difusión si se tiene la destreza
suficiente para, a través de la capacidad de síntesis, despertar la solidaridad
con una causa, identificarla como justa.
Sin embargo, aún no se ha
desarrollado un mecanismo eficiente para lograr ir más allá de un simple “clic”,
todavía es inmensa la diferencia entre quienes, por ejemplo, se comprometen a
asistir a un evento y quienes participan en la vida real. Incluso hay que ser
cuidadoso al momento de considerar los números que dan cuenta de los
involucrados en una campaña, el que se sumen a través de las redes ni siquiera
implica que estén enterados del asunto, todavía son más quienes sin leer de qué
se trata, sin profundizar en el contenido y significado de la información
compartida, se suman, hay ocasiones en que la difusión de un documento recibe
adhesiones en forma instantánea pero al cotejar el número de veces que se ha
leído o la cantidad de personas que ha entrado a una página para enterarse del
asunto, los números no cuadran. ¿Cuántos eventos suman centenas o miles de
asistentes a través de las redes sociales y en la realidad sólo acuden una
decena?, ¿cuántos apoyos incondicionales se suman en la pantalla y cuántos
realmente están dispuestos a hacer algo más que pulsar el botón del mouse?
Eso es lo que se tiene hasta
ahora, con esos elementos es que hay que utilizar en nuestro provecho los
mecanismos de las redes sociales. Además, mientras se logra que el efecto viral
de una campaña no sea sólo la suma de voluntades para dar “clic” resulta
indispensable encontrar la forma de legitimar las fuentes que dan origen a una
denuncia o invitación a la acción.
Un ejemplo, durante la semana
pasada en Facebook se abrió una
página con el título “Odio a las mujeres”, un grupo de naturaleza ofensiva por
las imágenes violentas y mensajes hostiles que propagaba. Las denuncias de los
usuarios lograron que se cerrara esa página, no fue simple, a lo largo de
varios días, el creador de esa página abrió otros sitios similares, mientras
acumulaba comentarios de odio de quienes estaban en contra de su “idea”. A
medida que pasaba el tiempo, los mensajes iban subiendo de tono hasta llegar a
la amenaza y en un momento ya no se distinguía entre la malevolencia de unos y
otros.
El ruido en la red social logró
la atención de miles, incluso se identificó al creador de la página y se
distribuyó su fotografía: un adolescente que en la imagen aparece en un salón
de clases y en otra en compañía de otros estudiantes de su edad y uniformados.
Más todavía, hubo quien decía haber localizado dónde vivía y subió una captura
de googlemaps con la ubicación exacta
del domicilio. El odio arreció. Los mensajes en contra del supuesto creador de
la página convocaban a romperle la madre, matarlo, castrarlo… a castigarlo con
violencia por incitar a la violencia.
¿Quién lo identificó?, ¿la imagen
correspondía al creador?, ¿ese era su domicilio? No lo sabemos, todo fue
resultado de grupos anónimos que en el bien de la comunidad difundía la información.
¿Y si el de la fotografía no es?, qué más da. ¿Y si alguien se anima a actuar y
le rompe la madre?, tampoco lo sabremos. De ahí la necesidad de legitimar el
origen de las denuncias. No se trata del tema de la capacidad de anonimato que
permiten las redes, no es una cuestión de revelar la identidad de quien
denuncia, sino de probar la calidad de verdad.
La página primera de “Odio a las
mujeres” tenía más de dos mil “Me gusta”, no es posible distinguir todavía
cuántas de esas aprobaciones consideraban que era un chiste, cuántos estaban
realmente de acuerdo con las “ideas” ahí difundidas (básicamente: las mujeres
son débiles y hay que golpearlas). Tampoco es posible contabilizar cuántas del
total de amenazas que recibió el creador podrían transformarse en una agresión
física, pero el odio, ahí está.
Ante hechos como este es que se
requiere con urgencia desarrollar mecanismos para distinguir en las redes
sociales la legitimidad de una denuncia, separar los juegos y las bromas de
campañas verdaderas. No, este propósito no pasa por los gobiernos, no se está
invitando a que se legisle acerca de la materia o que se apruebe una ley que
restringa el libre uso de las redes, es algo más simple: sentido común.
Mientras como usuarios no se realice un uso responsable de las redes seguirá
latente el riesgo de propagar el odio.
Publicado en La Jornada
Aguascalientes (13/02/2012)

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