26 marzo 2012

Arrojar piedras

Perdón por intolerarlos
Arrojar piedras

La gastritis de Platón reúne las cartas que Antonio Tabucchi le escribió a Adriano Sofri y en las que realiza una reflexión acerca del papel del intelectual; esas cartas surgen a partir de la polémica que el autor de Sostiene Pereira mantuvo con Umberto Eco, quien en su columna del semanario L'Espresso (“La Bustina di Minerva”) postuló dos tesis para los intelectuales.
Escribió Eco: “El primer deber de los intelectuales: permanecer callados cuando no sirven para nada”, más adelante en el texto indicaba que la utilidad de los intelectuales para la sociedad sólo podía ser apreciada a largo plazo y que en lo inmediato sólo sirven para ser profesionales de la palabra, llevar a cabo una investigación, ser coordinadores de prensa de una empresa o un partido político, pero que carecen de una función específica. La segunda afirmación de Eco indicaba que cuando se quemaba una casa, lo único sensato que pueden hacer los intelectuales es llamar a los bomberos.
Tabucchi respondió en la revista Micromega, no tanto para restituir el valor de los intelectuales en la sociedad contemporánea, sino como para agregar “un ejemplar de la especie intelectual que curiosamente Eco descuidaba en su texto: el escritor y/o poeta –indica Antonio Tabucchi en la justificación de La gastritis de Platón–. El ‘olvido’ de Eco me pareció digno de reflexión, no tanto a causa de Eco, que también es escritor, cuanto por el hecho de que atrajera mi atención hacia la clase de ‘papel’ que el escritor y el poeta han podido desempeñar”.
La columna de Umberto Eco fue publicada el 24 de abril de 1997, y hacía referencia a la captura de unos jóvenes que se divertían arrojando piedras desde lo alto de un puente hacia la autopista, sólo por el placer de provocar accidentes. La reacción de Tabucchi, supongo, fue producto de su compromiso ideológico y en atención a lo que como artista creía. La mención de esta polémica, en mi caso, responde al reciente fallecimiento del autor de Sostiene Pereira, La cabeza perdida de Damasceno Monteiro y Pequeños equívocos sin importancia, una especie de cumplido mínimo a un autor que siempre despierta mi asombro.
Aunado al pequeño homenaje de la memoria, la mención de Tabucchi vino al caso porque pensaba dedicar esta entrega a una respuesta por adelantado a un reproche futuro que recibiré, me explico, sé que en los próximos días, un amigo recibirá la llamada enfadada de una activista para reclamarle que permita que en este periódico se me otorgue espacio para verter mis críticas hacia la “izquierda”, no es que sea vidente, es que esa guerrera de puño en alto ya lo ha hecho otras veces, toma el teléfono y se queja amargamente de que en La Jornada Aguascalientes se permita tal falta de solidaridad con el movimiento “progresista”. Como tengo en alta estima a mi amigo, cuando recibo su comentario, asiento respetuosamente. Como no tengo ningún respeto por la actitud medrosa de la representante del radical chic aguascalentense, me río a solas de sus lamentaciones, no sólo porque me parecen lastimeras sus quejicas, sino porque no tiene el valor de hacer público el reclamo, como suelen hacer los aprendices de político al hacer caso al priista interno, busca un intermediario para ejercer su influencia en vez de establecer una confrontación de ideas; la intriga como medio de presión, qué le vamos a hacer.
Recordé también la polémica de Eco/Tabucchi porque parte de un comentario de la realidad más a la mano, un caso judicial, la discusión pasó a los medios, se transformó en material de libro, a más de una década es posible visitar las páginas escritas por cada uno y abrevar. En el caso de Tabucchi, la vuelta a La gastritis de Platón me ha permitido releer su devoción por Pasolini, la descripción que de la mano de María Zambrano hace de la posible mixtura del conocimiento intelectual y el conocimiento artístico: “pueden combinarse en una mezcla fecunda en la que ambos ingredientes se necesitan y donde cada uno de ellos, por sí mismo, puede resultar menos eficaz. Si se entiende de esta manera la figura del intelectual, entonces su función cognoscitiva (aunque no sea más que un ‘conocimiento de perturbación’) puede tener una enorme trascendencia”.
Después de tantos años de la discusión, en mi caso todavía no sé si en verdad los intelectuales sirven para nada y sí sólo son capaces de llamar a los bomberos. No es lo que me importa, lo que me incumbe es la posibilidad del diálogo, cómo de la “nada” se puede generar una conversación que trascienda del mero intercambio de ideas a la “realidad”, es decir, si lo única acción posible es llamar a los bomberos, el intercambio es esa llamada, reitero, la intriga como método lo único que logra es distraer de lo que se puede hacer para quejarse de lo que no se hizo.
La “realidad” está aquí, escoja en el tema, el que quiera, desde lo local, la invasión cada martes por un grupo de activistas en ruedas, la cooptación de los organismos de la sociedad civil por el gobierno municipal, las cantinfleadas como procedimiento de camuflaje a un gobierno sin ideas por parte del gobernador, la imposición de la rancia clase política como candidatos del PRI, la ausencia de representantes populares en las candidaturas del PAN, el engaño con que se otorgan cotos de poder a cualquier bajo el nombre de “movimiento progresista”, el ataque de las autoridades y los fanáticos religiosos a quienes se opusieron a la visita de Joseph Ratzinger, la estridencia mediática que sólo da cuenta de la ausencia de ideas de los indignados, el vergonzoso papel de los medios en su complicidad con el gobierno, las primeras planas de la prensa de nota roja que exhibe su miseria un día sí y otro también… Todo eso y más, ocurre aquí, en lo local. Sólo el diálogo, la confrontación de ideas (si es posible pública, mejor) permitirán que tenga un sentido “llamar a los bomberos”.
De otra manera, escondidos en la intriga, acomodados en la molicie del cargo público, pretextando que se haga lo que se haga nunca pasa nada, estamos condenados a estar del otro lado, ser quienes por puro placer arrojan piedras.

Publicado en La Jornada Aguascalientes, marzo 26, 2012

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