09 abril 2012

Animalito silvestre


Perdón por intolerarlos
Animalito silvestre

Con la misma precaución de quien se acerca a un animal silvestre, los movimientos lentos para no inquietarlo y que de un brinco desaparezca, intento establecer una conversación con una joven que acaba de cumplir 18 años y en estas elecciones va a votar por primera vez. Le explico que me intriga, que verdaderamente me interesa saber, qué piensa de los candidatos, de los partidos, si va a votar y las razones de su decisión. No te quiero convencer de nada, le digo suave para que ahuyente ese mirada de venado ante la luz.
Ella va a anular su voto, ninguno de los candidatos la convence, esa es la primera explicación.
No la quiero asustar, a la menor provocación volvería a su teléfono, al tecleo rápido y constante con que se mantiene comunicada con el mundo, su mundo, y del que no logro imaginar los temas que intercambian. Para mí representa el enigma de estas elecciones, forma parte del ejército de indecisos que las encuestas y candidatos manipulan en los porcentajes para lograr ventajas o imputar desventajas.
Como quiero saber, entender, evito hablarle de la emoción de mi primera vez, del entusiasmo y la euforia con que se hablaba en ese entonces de la necesidad de un cambio, de la alternancia; la distraería porque suena a viejo, a un pasado remotísimo del que ella no formó parte. Otros comensales intervienen en la conversación y ella aprovecha para tomar el teléfono y teclear. Cuando vuelve, me habla de generalidades, los candidatos presidenciales no le interesan, le importa lo más cercano, dice apurada, los que pueden cambiar las cosas que le son más próximas, pero tampoco tiene idea de quiénes son los candidatos a legisladores. La política es aburrida, lo que ella quiere es que el mundo cambie.
Entonces se emociona un poco, es necesario hacer algo por el mundo, el problema del agua, del hambre, su visión es global, le inquieta que el futuro está cada vez más cercano y le tocará vivir la explosión de esos problemas; me aburro, trato de ocultar el fastidio porque en el fondo lo que escucho es el discurso general políticamente correcto de quienes viven en un mundo mucho más amplio que en el que yo crecí pero que aún no logran conectar esa abstracción con acciones locales. Intento llevar ahí la conversación. Fallo.
Regresamos a los candidatos, en ningún momento ha mencionado a los partidos, su elección es entre los nombres que aparecen en las bardas y protagonizan el spot: no voy a votar por él porque digan que está guapo, no voy a votar por ella sólo porque sea mujer, no voy a votar por él porque está loco, no voy a votar por el otro que ni siquiera sé cómo se llama. No va a votar por ninguno porque no la han convencido de su honestidad.
¿Honestos en qué sentido? Me explica que no les cree todo lo que dicen que hacen, que hubiera preferido la sinceridad de ir a la FIL y que Peña Nieto dijera que no lee porque no le interesa; que no le cree cuando Josefina va a hacer las compras y preferiría que no fingiera; que no le cree a López Obrador cuando pide perdón; que al otro que no sabe su nombre pues tampoco tiene nada que creerle.
Esta votante por primera vez me dice que sí le gusta leer noticias, periódicos no, no “agarra” el periódico, pero está suscrita a los servicios de información de las agencias noticiosas y que le molesta que ahora la información se sintetice a grado tal que el hecho desnudo (sólo quién, qué y cuándo) no le brinde elementos para entender por qué pasan las cosas. Por mi parte, evito mencionar en lo que creo debe ser el papel de los periódicos: análisis, aportar datos, enriquecer subjetivamente la información, como no creo poder argumentar en 140 caracteres, evito mi comentario.
Ella regresa al tema de la honestidad, entiendo entonces que lo que busca es ejemplaridad, pienso en el pedante de Ortega y Gasset, cómo describe esa “intuición clara sobre la acción recíproca entre masa y minoría selecta, que es, a mi juicio, el hecho básico de toda sociedad y el agente de su evolución hacia el bien como hacia el mal”, la señala como “Esta capacidad de entusiasmarse con lo óptimo, de dejarse arrebatar por una perfección transeúnte, de ser dócil a un arquetipo o forma ejemplar, es la función psíquica que el hombre añade al animal, y que dota de progresividad a nuestra especie frente a la estabilidad relativa de los demás seres vivos”. Por supuesto, no lo menciono, sólo lo pienso, me queda claro que cualquier cita pretenciosa la devuelva a su teléfono; pienso también en los errores de los war room de los candidatos, que no han sabido usar las redes sociales y en vez de sintetizar y hacer efectivas las propuestas que los distingan, se han contagiado de la banalidad que aturde internet en la búsqueda de ser trending topic o conseguir el mayor número de I Like, lo que desemboca en la difusión de chismes, chistes y rumores.
A pesar de la parquedad, de los tímidos pasos con que se ha dejado atrapar por la conversación, en el fondo de sus ojos sigo viendo la desconfianza que provoca a muchos jóvenes que un adulto les pregunte por sus preferencias. No sé exactamente en qué momento todo se echa a perder, quizá cuando cae en la cuenta de que la conversación la “está haciendo pensar” y eso es aburrido. Tajante termina con el intercambio: no sé por quién voy a votar.
Seguimos la comida en silencio, luego cambiamos el tema. Ella vuelve a su teléfono, a una conversación, seguro, mucho más entretenida. Me quedo pensando en todo el trabajo que no están desarrollando los candidatos, en todos estos jóvenes indecisos a los que cada vez cuesta más trabajo interesar en la política y si en el fondo no es eso lo que conviene, que se mantengan sosegados y dóciles.
¿Para qué ir a votar?, se quedó la pregunta en el aire. Ella no sabe. Yo, cada vez menos.

Publicado en La Jornada Aguascalientes (09/04)

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