Cecilia acierta
Me había prometido que al presentar Para
viajeros improbables de Cecilia Eudave (Ediciones Arlequín, 2011) no
mencionaría a Italo Calvino. Me explico: sufrimos una época de “opinadores
precoces” que en el afán de apantallar, de obtener seguidores, hacerse de un
nombre, fingirse escritores, usan el camino fácil de la cita para establecer
contacto con el lector, pero sobre todo, bañarse de la inteligencia ajena para
así parecer más brillantes. Eso explica, al menos parcialmente, la abundancia
de plagiadores, pues ya no se trata de crear, sino de apantallar; para esta
horda qué mejor lugar de encuentro que el lugar común y si un libro habla de
ciudades, pues se hace referencia a Las ciudades invisibles de Calvino.
Todos contentos, el opinador precoz ya dejó su impronta en los ojos del lector
y el lector se siente un poquito más culto porque reconoce la referencia; es
una de las sensaciones que Calvino usa como ejemplo para caracterizar a los
libros clásicos: es un libro que ya se ha leído aunque nunca haya sido leído.
Mientras preparaba estas líneas pensé
en la manera mejor de volver a decir lo opino de la escritura de Cecilia, en
resumen la considero una autora indispensable en el panorama nacional, es
simplemente brillante y, libro tras libro (Técnicamente humanos, Registro
de imposibles, Bestiaria vida), sólo logra afinar su talento para
escribir desde la explosión de todos los sentidos. Para viajeros improbables
no es la excepción, otra vez es posible encontrar en sus textos una disposición
a dejarse asombrar por el mundo a través de la exploración de todos sus
pliegues, los intersticios sólo aprehensibles para el curioso o, lo que es lo
mismo, quien emprende un viaje despojándose del disfraz medroso de turista y se
arriesga como viajero.
Tenía pensado comentar que el método
“sensual” en que considero se basa la escritura de Cecilia implica recrear la
realidad con el cuerpo todo: vista, tacto, oído, olfato, gusto, estar alerta
siempre a los detalles mínimos y ser capaz de relacionar un absurdo con otro
para, una vez condensado, pasarlo por la emoción y así contar una historia. Sin
embargo, mientras releía este conjunto de cuentos, me di cuenta que
necesariamente tendría que hacer referencia a Calvino, ni modo, corro el riesgo
de pasar por “opinador precoz”, aunque establezca que si bien las primeras diez
piezas que componen Para viajeros improbables constituyen una guía para
visitantes semejante a la narrada por Marco Polo en el libro del italiano, una
vez que se sale de ese capítulo queda claro que la propuesta de Cecilia es
otra.
Si se suma a la decena de ciudades del
capítulo primero las 17 criaturas y 10 bestias (contando el cocodrilocabezas)
que componen el libro, se advierte que más que una guía para turistas donde se
establecen las bondades, dulzuras y sitios que no se pueden pasar por alto en
la visita a un lugar, Para viajeros improbables es la bitácora de una
perseguidora de fulgores.
Lo que al lector es dado vislumbrar en
este libro no es solamente un país (aunque ahí estén nombrados), ni un
personaje mitológico (aunque a ellos se haga referencia: la sirena, el cíclope,
el centauro, dragones y minotauros) o monstruos (hombres lobos, momias y
“gregoriosamsas”), no son esas las historias que se cuentan, no es la cosa en
sí, sino el efecto de “eso” sobre el mundo, no lo que genera el resplandor sino
lo que provoca percibir los efectos de esa luz. Lo que logra Cecilia con estos
breves y brevísimos es hablar de la condición humana puesta a prueba ante o por
el miedo, la pasión, el placer, la crueldad, la ternura misma.
Mientras escribía estas líneas pensaba
en la necesidad de no dejarme ganar por la emoción, que no se note el absoluto
fan que soy de Cecilia, mejor dicho, que se note, pero que se justifique,
porque de otra manera, bastaría con narrar las muchas ocasiones en que he
intentado imponer mi gusto a mis amigos. Yo creo que intento, apasionadamente,
mantener una conversación, compartir mis certezas, verificar mis
descubrimientos, aunque a ellos más bien les suena a demanda fulminante:
“tienen que leer a Cecilia Eudave”; o bien que Bestiaria Vida, la nouvelle
de Cecilia, junto con La estación violenta, es el libro que más veces he
regalado, tanto así me emociona esta autora.
Para no dejarme vencer por el groupie
interno, pensé que lo mejor era buscar una frase concisa para lograr
interesarlos en Para viajeros improbables. La primera fue “a que no
puedes leer sólo uno”, pero me parece que ya está tomado; seguí pensando, pasé
por otras frases publicitarias, pero fue hasta que pensé en para qué se escribe
cuando (creo) di al clavo.
Creo que se escribe para compartir el
asombro. Toda escritura es un intento de conversación en que se ofrece un
“pedazo” del mundo tamizado por una visión personalísima.
Los cuentos de Para viajeros
improbables son efectivos representantes de la minificción, cada uno es la
invitación a compartir el pacto ficcional, ofrecen las características
esenciales del minicuento, más allá de su brevedad requieren de la intervención
del lector para completarse, con su estructura proteica, convidan al juego a
través de hallar el cuento bajo las características del ensayo, la poesía, el
ensayo o los instructivos.
Cecilia Eudave siempre lo logra,
establece esa conversación, comparte y atrapa. Sus cuentos son fulgor
capturado. Cecilia consigue, a través de la brevedad, contener el resplandor y
exponerlo, esa es su forma de abordar la realidad, un ir constante hacia el
centelleo de un instante, aprehender no la luminosidad de la anécdota sino de
las sensaciones. Respuestas personalísimas a preguntas universales, ¿por qué
nos duele?, ¿por qué sentimos eso en tal momento?, ¿cómo es una sonrisa
amarga?, ¿cuál es el sitio de alguien en el mundo?
Y es aquí donde vuelvo a Calvino e
incumplo mi propósito. El “secreto” de cómo Cecilia consigue compartir el
misterio, su método corresponde a lo que Italo caracteriza como Rapidez
en su lección americana. En una de las Seis propuestas para el próximo
milenio señala:
“He apuntado siempre a la imagen y al
movimiento que brota naturalmente de la imagen, sin ignorar que no se puede
hablar de un resultado literario mientras esa corriente de imaginación no se
haya convertido en palabra. Como para el poeta en verso, para el escritor en
prosa el logro está en la felicidad de la expresión verbal, que en algunos
casos podrá realizarse en fulguraciones repentinas, pero que por lo general
quiere decir una paciente búsqueda del mot juste, de la frase en la que
cada palabra es insustituible, del ensamblaje de sonidos y de conceptos más
eficaz y denso de significado. Estoy convencido de que escribir en prosa no
debería ser diferente de escribir en poesía; en ambos casos es búsqueda de una
expresión necesaria, única, densa, concisa, memorable”.
El asombro es esa búsqueda de la
palabra exacta, recalco: “única, densa, concisa, memorable”.
Si no bastara y para sumar citas, es
posible que sea como señala Octavio Paz: “Cada lector busca algo en el poema. Y
no es insólito que lo encuentre, ya lo llevaba dentro”, en Para viajeros
improbables, yo lo encuentro, Cecilia acierta.
Quizá es algo más simple y sólo
comprobable en la lectura del libro, una línea que Cecilia entrega como si
fuera poco describir el milagro, como quien regala un fulgor, dice: “Todo es
real cuando te fijas bien en ello”. Reitero, Cecilia acierta, otra vez,
siempre.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario