Envoltorio de papaya
Palmaditas y apapachos
Estrellita en la frente
Felicidades por usar el cinturón de seguridad, me despide con una
sonrisa la muchacha que me acaba de pedir que sople para verificar que no
conduzco en estado de ebriedad. Como el pueblo celebra su feriecita
incrementaron el número de retenes, en un solo día me tocó que me detuvieran
los del alcoholímetro en tres ocasiones. Ya se sabe: por un lado, se le intenta
otorgar categoría de internacional al festejo presumiendo que somos el pequeño
gigante en materia de venta y consumo de cerveza (¡puedes beber en la calle!,
nunca falta quien agrega emocionado) y al mismo tiempo las autoridades se
desviven en declaraciones que enaltecen todas las acciones que se toman por
nuestra seguridad (sí, lo hacen por nosotros, dicen) aumentando el número de
bloqueos y así evitar una irresponsabilidad.
Las tres ocasiones en que fui detenido por el alcoholímetro, no me dejó
de llamar la atención el exceso de amabilidad, el tono empalagoso, en que me
pidieron que soplara sobre el aparatito, mira aquí sobre la palma de mi mano,
me dijo una muchacha con bata blanca, casi disculpándose. Tras unos segundos,
me mostraban el resultado de la pantalla, me agradecían que no hubiera bebido y
me dejaban ir. La última de las veces fue cuando me dieron la palmadita verbal
por usar el cinturón de seguridad, la primera reacción fue la de permitir que
el orgullo inflara mi pecho: sí, así es, soy un conductor responsable, iba a
decirle a la muchacha y pedirle que me colocara una estrellita en la frente por
mi buen comportamiento, después de tres veces, consideré en ese momento, era lo
menos que podía esperar. Afortunadamente, no me dio tiempo de avergonzarme a mí
mismo porque un policía me apuró a avanzar.
Escribo “avergonzarme” porque de haber solicitado mi estrellita, hubiera
caído en ese comportamiento, tan común estos días, de pedir un reconocimiento
por el simple hecho de cumplir mi parte del contrato, conducta que en todos los
ámbitos y más allá de la necesidad de reconocimiento, no es más que una
concesión que le hacemos a la mediocridad. Exaltamos lo que debiera ser la
norma en un oscuro afán de que el día de mañana se nos premie por hacer lo
mínimo indispensable, también para que en el futuro, nuestras faltas sean
observadas bajo el escrutinio benevolente de quienes saben lo difícil que es cumplir
con una responsabilidad, del tamaño que sea, de quien nos brinda la cortesía de
la justificación ante nuestra incapacidad. El refrán lo dice mejor: desde que
se inventaron los pretextos, se acabaron los…
Es un ejemplo mínimo, lo entiendo, en el reglamento de tránsito se
establece que es mi obligación, al conducir, utilizar el cinturón de seguridad
(“y hacer que los pasajeros hagan lo mismo”, dice la fracción X del Artículo
44), pero me felicitan porque tan sólo en el primer trimestre del año, el municipio
ha aplicado mil 200 sanciones por esa falta, y el año pasado se penalizó a más
de cinco mil conductores. ¿Es tan difícil cruzar el cinto sobre el pecho? No,
pero se invierten miles de pesos en campañas en recordárnoslo, peor todavía, se
nos perdona cuando se nos olvida, porque a pesar de que es nuestro beneficio,
hemos acostumbrado a la autoridad a que no nos levante la voz, pues podemos
reclamar de inmediato maltrato, persecución, que se lesiona nuestro derecho… lo
que usted quiera; innecesario recordar los múltiples ejemplos que corren en las
redes sociales de videos en que es posible atestiguar a un “famoso” perder la
compostura porque un naco le recuerda que está obligado a cumplir la ley,
incluso en su propio beneficio.
Entre mediocres te veas
Digo que es una concesión a la mediocridad, porque la búsqueda de ese
reconocimiento lo puede llevar a otros ámbitos y la conducta siempre es la
misma: premiar el cumplimiento de la norma; desde quien pide que se le
galardone su puntualidad porque todos los días llega “temprano” a su trabajo,
es decir, a la hora que establece su contrato, hasta quien ante una falta
cometida suele emplear el vulgar: pero los demás también lo hacen. De lo que
verdaderamente se trata esa persecución del premio es de acumular puntos para
sustentar la justificación en el futuro.
Concesión a la mediocridad que nos impide comportarnos como adultos,
como ciudadanos, aceptando todas las obligaciones y derechos que corresponden a
la convivencia en las calles, aulas, trabajo…
Reitero que es un ejemplo mínimo lo del cinturón de seguridad y que se
puede llevar a otros ámbitos para dimensionar su absurdo, basta repasar algunos
de los “argumentos” con que sazonamos nuestras quejas contra la autoridad, cómo
al justificarnos hacemos a un lado la necesidad de argumentar para así pasar
como las pobres víctimas.
Uno de esas “evidencias” que están de moda en el pueblo, es calificar a
cualquier medida de la autoridad como recaudatoria… con eso basta, ha llegado a
rango de insulto, diga que está en contra de una disposición por su espíritu
recaudatorio y voilà! No es necesario más, ya se tienen
los pelos de la burra en la mano. Atrás queda si uno violó o no la ley, de
hecho es lo que menos importa, la atención se fija en el espíritu malévolo que
distingue a los gobiernos porque quiere obtener dinero a costa de nuestras
faltas.
Estas ruinas que ves
En la peor pesadilla del revolucionario a toda costa (esa especie de buenpedista
al que nunca le faltan causas a las cuales sumarse, desde el rescate de una
especie en extinción hasta una manifestación punk en Budapest) todos hacemos lo
que nos corresponde hacer, no más, no menos. Se cumple el contrato social en
todos los ámbitos. Esa utopía debe hacer que su Che Guevara interno sude
horrores, ¿de qué podría quejarse?, ¿de qué podría inconformarse? La realidad
le otorga millones de ejemplos para saber que eso es casi imposible que ocurra,
pero si por alguna extraña razón nos acercáramos a ese modelo de convivencia,
ya tiene su argumento: sociedad robotizada.
Lo dudo, dejar de pedir la estrellita en la frente por lo que nos
corresponde hacer, es crecer y abrirse a la posibilidad de discutir, de
dialogar, intercambiar argumentos; porque implica que hemos sido capaces de
discutir las reglas de convivencia, de revisar nuestro contrato con los otros:
si algo no me gusta, si algo me daña, se revisa, se discute y se modifica, se
llega a un acuerdo; no se trata de acatar la instrucción.
En mi pesadilla, conducimos sobre las ruinas de una ciudad en la que los
conductores siempre encontramos la forma de evadir los controles, pero traemos
una estrellita en la frente.
Coda obligada
Agradezco encarecidamente la lectura y comentario del anterior envoltorio
a Socorro Ramírez O. y Netzahualcóyotl Aguilera R. E. Sé que no me esperan a la
salida de La Jornada Aguascalientes con la piedra en la mano por usar
una serie de calificativos en contra de este pueblo, sé también que no
coincidimos, pero ahí está la riqueza. Muchas gracias.
@aldan
Publicado en La Jornada Aguascalientes (27/04/13)

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