18 noviembre 2007

La propa de corcho (*)
Imaginarios musicales de la Globalización


“Yo tuve la propa de corcho” pensé al llegar a la página 111 de Imaginarios musicales de la globalización de Héctor Villarreal, la “propa de corcho”, de haber sido otro el autor de este ensayo, uno que no tuviera el estilo puntual y directo, la capacidad de citar sólo lo justo para ampliar la información sin caer en ese estilo academicista en que las referencias son medallas de lecturas acumuladas pero no digeridas, seguramente mi atención se hubiera desviado hacia la memoria del tacto en mis manos de la “propa de corcho” y no hubiera acaba de leer el libro.

Así que dejé a un lado la evocación de la “propa de corcho” (ese recuerdo feliz) y continué con la lectura de los Imaginarios, dividido en dos apartados, el libro ganador del Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos en el 2006, está construido a partir de una decena de artículos que abordan el tema de la globalización a partir del análisis de las expresiones musicales y su relación con los movimientos sociales.

Una pausa, leo “movimientos sociales” y sé de inmediato que se debe ampliar, que Héctor Villarreal intentó algo mucho más complejo que eso que acabo de decir, su ensayo es un retrato de la identidad que asume (o quiere asumir) una parte del mundo a partir de lo que está escuchando.

Una fotografía de ese enorme rostro que conforman las audiencias globalizadas que en Maravatio, Nueva York, Berlín, Bogotá y Sevilla (en todoelmundo pues) están escuchando, vibran y se conectan, disfrutan y bailan, comparten y crean, con la misma banda sonora de fondo.

En el primer apartado ("Imaginarios etnomusicales") el ensayista establece que esta banda sonora compartida es uno de los resultados de la globalización, que si algo distingue a esta época es el flujo vertiginoso de mercancías, información, prácticas, ideas y creencias, diluyendo lo que en algún momento fueron fronteras muy bien definidas, afectando primeramente los comportamientos (sobre todo en los más jóvenes) y con ello obligando que la identidad se delimite de una forma distinta a lo que establece Constantin von Barloewen en Superando lo extraño. Rutas de la interculturalidad al señalar que “la identidad siempre surge delimitándose con lo foráneo y extraño”.

¿Qué sería lo extraño, qué lo foráneo, si el flujo, la globalización, ha borrado esos límites?, enseguida del consumo que es lo primero que viene a la mente, considero a partir de la lectura del ensayo de Villarreal, es la participación, participación que se da partir de compartir códigos ajenos hasta hacerlos propios, escuchar hasta diluir lo exótico en aceptación de las expresiones musicales de las Antillas y Costa Verde o interpretes como Bebel Gilberto o Habib Koité.

La World music, esa etiqueta mercadológica como señala el propio Villarreal como una forma de alcanzar una identidad, cito de los Imaginarios: “ha venido configurándose como un puente para el establecimiento del diálogo intercultural, que favorece la aceptación y el respeto del otro en la medida que uno conoce y se apropia de las expresiones musicales ajenas”, es decir, de la otredad a la nostredad. Las audiencias globalizadas no son más yo, sino nosotros.

En el retrato que Villarreal logra en este primer apartado en el que se analizan los casos de Womad de Peter Gabriel, Putumayo, la Womex y el Ollin Kan, entre otros, la audiencia está sonriendo, si algo la caracteriza es la tolerancia, la promoción de los derechos humanos y nuevas formas de convivencia democráticas.

En el segundo Imaginario, los "tecnomusicales", se aborda la música electrónica y sus múltiples ramificaciones en géneros y subgéneros, sobre todo el festejo y la danza. Con precisión Villarreal nos cuenta el surgimiento del Love Parade, la propuesta estética del Kraftwerk, la experiencia del dance y el tecnochamanismo, cómo pasamos del rock al hip hop, la cultura de la música electrónica que “no es únicamente lo que se oye. Es diseño gráfico, performance, videoarte, moda y es insumo de todas las industrias culturales, incluyendo el turismo”.

Este segundo apartado de Imaginarios musicales de la globalización es vertiginoso, confronta datos, aporta anécdotas, abre al mundo, es en estos artículos donde Héctor como ensayista brinda sus mejores momentos, sin importa cuán lejano pueda estar uno del fenómeno musical explicado, estética o geográficamente, es posible aprehender en unas pocas líneas de qué se trata, qué es lo que mueve o persigue, incluso acecha.

Es en este apartado también, el autor desarrolla sus dotes de reportero, cronista e historiador, explicando qué ha sucedido con la música electrónica en México, desde la aparición de los “sonidos” hasta el desvanecimiento de lo underground ante las nuevas tecnologías, ya nada puede (a menos que quiera) permanecer en la sombra, ahí está la luz de Internet para colocarlo en el centro del escenario; y por encima de todo eso, el baile, el baile tribal.

Menciona Villarreal: “Cuando la humanidad, o lo que queda de ella, está a punto de ser exterminada o de pasar a una nueva etapa de su historia sólo queda una cosa por hacer: bailar. La tribu de los liberados de Matrix baila y baila mientras los tambores resuenan en la caverna. “No tengo miedo”, dijo Morfeo (¿el dios de los sueños?). En la que puede ser la última noche de todos o la alborada del resurgimiento a la superficie –retorno al paraíso perdido-, todos a bailar, a saltar tan alto como se pueda, tan frenéticamente como es posible sentir, tan salvajemente como se pueda vivir, rodeados de tecnología o amenazados por ella. ¡Qué más da que sea la última noche!”

Además de sus dotes como narrador, otra de las virtudes en el estilo de Villarreal como ensayista es la realización de las preguntas precisas en el momento justo, ahí donde uno podría perderse en medio de la explicación, en el enjambre de géneros y subgéneros, se despereza el lector ante un ¿cómo y con qué se va a hacer la música, cómo va a sonar?, el cuestionamiento tiende un puente que va de la música de estudio a la música que se hace en la calle.

Si ahora todos bailamos (porque el mundo se va a acabar) es posible que mañana todos estemos haciendo música, incluso que en este momento, al decir, “momento”, la presentación de este libro no sea tal, sino el inicio de un concierto.

En esta fotografía la identidad de la audiencia globalizada sale un poco fuera de foco, no es un error del fotografo/ensayista, somos nosotros que nos movemos porque no paramos de bailar, a pesar de los trazos de colores, los haces en que se desvanecen los rostros, observando la mancha un rasgo es notable, no sólo bailamos con desenfreno, también sonreímos.

Los flujos culturales de la globalización a los que esta audiencia se aferra le permite sentirse bien consigo misma, es políticamente correcta, se preocupa por el otro, por los derechos humanos y civiles, emprende acciones definitivas (conciertos, por ejemplo) contra la pobreza y las dictaduras.

Con sus Imaginarios musicales de la globalización Héctor Villarreal logra una espléndida fotografía en que, bailando, se va de la otredad a la nostredad, todos al ritmo de la misma banda sonora.

http://www.flickr.com/photos/recuerdosinutiles/recuerdo inútil:
Ah, la propa de corcho, sí regreso a la página 111, donde se cita un relato de DJ Mike:

Algo que me llamó mucho la atención en el último año de la secundaria era el grupo de compañeros que intercambiaban "propagandas". Los dibujos que contenían éstas eran muy curiosos, imaginativos y en algunas ocasiones ¡buenísimos! Después me enteraría que esta era una forma que utilizaban algunos sonidos para promover sus fiestas [...] nada más que éstas no eran gratis. El equipo de sonido que más frecuentemente daba propagandas a la salida de la escuela era uno llamado Polymarchs. Lo que me llamaba mucho la atención es que tanto el papel como los dibujos que utlizaban para promocionar [sic] sus fiestas eran diferentes a los utilizados por los demás. Los temas relacionados con la mitlogía, la magia y la tecnología eran frecuentemente explotados en los dibujos de las propagandas de Polymarchs. Por esta razón las "propas" comenzaron a ser objeto de colección entre los asistentes (y los que no íbamos), incluso se llegaba al extremo de coleccionar los posters que se utilizaban para pegarlos en las paredes. El fenómeno era algo parecido a coleccionar "estampitas", se intercambiaban propagandas e incluso se llegaban a ¡vender! Y por supuesto existían "propas" por las que algunos coleccionistas daban hasta las ¡"nachas"! Recuerdo una muy famosa de Polymarchs que fue impresa en corcho, era una "propa" que necesitaba de un cuidado especial debido a la naturaleza del material y por la cual el poseedor se mostraba orgulloso de tener tan preciado tesoro.

Yo tuve la propa de corcho, en 1984 cambié todas mis propas de Patrick Miller y Polymarchs, unas 20, por la propa de corcho, era magnífica, valía la pena, una tarde entregué a mi compañero de la secundaria mi álbum de propas a cambio de una sola, una que no se pegaba en álbum, que no adornaba las carátulas de los cuadernos, pues el chiste era deslizarla entre los dedos, sentir su textura, así que se guardaba en una bolsita de plástico para cargarla orgulloso todos los días y mostrarla, presumirla.

Mientras leía Imaginarios musicales de la globalización de Héctor Villarreal me vino el recuerdo de esa sensación, la felicidad instantánea que me provocaba tenerla, supongo que algo parecido a la pertenencia, no únicamente ser yo sino ser en el nosotros, aunque en ese tiempo no pensaba así, de hecho, todo esta memoria es previa a lo que ensaya Villarreal, el Muro de Berlín era una presencia contundente, no hablábamos en inglés y por eso a los flyers les decíamos “propas” pues eso eran, propagandas y apenas estábamos aprendiendo a bailar en pareja, sin saber que más tarde, unos cuantos años (ahí donde empieza el texto de Héctor) sería inútil pues la onda (palabra anacrónica ya) sería el baile tribal del rave.

Si me hubieran tomado una fotografía con mi propa de corcho en la mano, estoy seguro de que estaría sonriendo, de forma parecida a la que imagino sonríen las audiencias globalizadas, disfrutando el flujo sin analizarlo, escuchando la música sin entenderla, dejándose llevar, así, con una sonrisa satisfecha de sí misma que poco sabe y no le importa.


(*)Texto leído durante la presentación de Imaginarios musicales de la globalización, de Héctor Villarreal, en el Café del Codo, noviembre 16, 2007, aguascalientes

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