Área de fumar
Macías no fuma, sin embargo acude con puntualidad ritual al área de fumadores, donde consume de ocho a diez cigarrillos diarios, uno por cada hora que pasa en el corporativo, uno por cada ocasión en que se encuentra con alguno de sus jefes y comparte esos minutos especiales en que salen de la oficina.
A últimas fechas a Macías le duele el pecho, si tuviera que definir la sensación pensaría en sus pulmones como un insecto cautivo que con cada movimiento sólo logra aumentar la tensión de la telaraña que lo apresa, sabe que es por el cigarro, reconoce como consecuencia la serie de malestares que le impiden dormir como antes lo hacía; a veces, después de un bostezo que le alivia al renovar el aire o cuando lo golpea el olor impregnado en su ropa, se promete que va a dejar de fumar.
Se mantiene fiel a la promesa hasta el momento en que descubre a uno de sus jefes rumbo al área de fumar y un instante después ya está dando la primera bocanada.
Macías no fuma, no comparte la ansiedad que provoca el deseo de un cigarrillo, ni reconoce todavía el temblor ligero de las manos con que Juan Carlos, Eduardo o Martín, sus jefes, prenden el encendedor, lo llevan hacia los labios e inhalan con vigor. Macías no siente ese deseo, lo que él quiere es una placa con su nombre completo en la puerta, ascender hacia una oficina propia y dejar de una vez por todas los cubículos compartidos, donde lo único que distingue un lugar del otro es un pequeño identificador con el apellido de los trabajadores que ahí se amontonan.
Ni Juan Carlos, Eduardo o Martín notan las veces en que a Macías pareciera que le va a ganar el asco, cuando el humo lo inunda y se apura a cerrar la garganta para no vomitar, aprieta el puño y el cuerpo todo para no dejarse vencer por la tos e inmediatamente sonríe, con los ojos ligeramente manchados por el llanto, para dar la siguiente bocanada.
Macías no fuma, le repugnan el sabor y olor del tabaco, pero sobre todo le da miedo el fragor de abejorro con que su corazón palpita después de vencer un ataque de asco, temor que apacigua figurándose que las volutas de humo forman una placa con su nombre en la puerta de la oficina.
Macías no fuma, sin embargo acude con puntualidad ritual al área de fumadores, donde consume de ocho a diez cigarrillos diarios, uno por cada hora que pasa en el corporativo, uno por cada ocasión en que se encuentra con alguno de sus jefes y comparte esos minutos especiales en que salen de la oficina.
A últimas fechas a Macías le duele el pecho, si tuviera que definir la sensación pensaría en sus pulmones como un insecto cautivo que con cada movimiento sólo logra aumentar la tensión de la telaraña que lo apresa, sabe que es por el cigarro, reconoce como consecuencia la serie de malestares que le impiden dormir como antes lo hacía; a veces, después de un bostezo que le alivia al renovar el aire o cuando lo golpea el olor impregnado en su ropa, se promete que va a dejar de fumar.
Se mantiene fiel a la promesa hasta el momento en que descubre a uno de sus jefes rumbo al área de fumar y un instante después ya está dando la primera bocanada.
Macías no fuma, no comparte la ansiedad que provoca el deseo de un cigarrillo, ni reconoce todavía el temblor ligero de las manos con que Juan Carlos, Eduardo o Martín, sus jefes, prenden el encendedor, lo llevan hacia los labios e inhalan con vigor. Macías no siente ese deseo, lo que él quiere es una placa con su nombre completo en la puerta, ascender hacia una oficina propia y dejar de una vez por todas los cubículos compartidos, donde lo único que distingue un lugar del otro es un pequeño identificador con el apellido de los trabajadores que ahí se amontonan.
Ni Juan Carlos, Eduardo o Martín notan las veces en que a Macías pareciera que le va a ganar el asco, cuando el humo lo inunda y se apura a cerrar la garganta para no vomitar, aprieta el puño y el cuerpo todo para no dejarse vencer por la tos e inmediatamente sonríe, con los ojos ligeramente manchados por el llanto, para dar la siguiente bocanada.
Macías no fuma, le repugnan el sabor y olor del tabaco, pero sobre todo le da miedo el fragor de abejorro con que su corazón palpita después de vencer un ataque de asco, temor que apacigua figurándose que las volutas de humo forman una placa con su nombre en la puerta de la oficina.
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