09 junio 2008

Corpolalia

Oficinas

Si fuera otro Cortázar, quizá, recordaría que se imaginó Teseo la primera vez que recorrió las oficinas del Corporativo, entre muros con olor a pintura fresca y mobiliario aún sin estrenar era fácil ver en los pasillos que se multiplicaban un laberinto y él similar al joven héroe que espada en mano y artimaña atada al talón lograba arrebatar la doncella al monstruo.

La imagen que lo motivó el primer día no tardó en borrarse, ese tipo de memoria es un desperdicio cuando hay que definir, medir, analizar, mejorar y controlar tantos procesos. Cortázar dedicó su tiempo a las tareas propias de su puesto, hasta convertirse en referencia necesaria, todo aquel que ingresaba al Corporativo estaba obligado a pasar por su oficina.

Al paso de los años los atajos que sabía de memoria se fueron volviendo inútiles, la administración renovó los procedimientos, impuso reglas distintas, el personal de nuevo ingreso, siempre mucho más joven que él, ya no cumplía el ritual de tocar su puerta; después ya no hubo puerta, fue trasladado al centro del laberinto, donde acotado a unas cuantas rutinas pasa las horas escuchando los murmullos de los cubículos vecinos, en espera de la orden de trabajo que por unos minutos le hace recordar que alguna vez fue indispensable.

Siempre que recorre los pasillos mira el reloj que el Corporativo le ha obsequiado, un reconocimiento a su constancia y fidelidad, observa las manecillas para constatar que sólo ha ocupado el tiempo absolutamente indispensable en hacer su recorrido a la cafetera, no hay desperdicio que le puedan echar en cara. Regresa a su cubículo y espera, a veces, sin saber por qué, suspira con la clara sensación de que algo se ha perdido

Si fuera otro, Cortázar sabría que la muerte lo ha de encontrar recorriendo uno de los pasillos del Corporativo, que su último pensamiento no será para Teseo, sino para el Minotauro.

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