11 febrero 2009

Perdón por intolerarlos: vestiduras efímeras

Perdón por intolerarlos
Vestiduras efímeras

Javier Sicilia obtuvo el Premio de Poesía Aguascalientes 2009, un jurado compuesto por Luis Vicente de Aguinaga, María Baranda y Francisco Hernández lo seleccionó de entre 302 participantes, la decisión unánime coincidió en resaltar que su libro merecía el reconocimiento “por la serenidad y profundidad con que articula el conflicto de un ser consigo mismo refiriéndose al mismo tiempo al destino de todos. Tríptico del desierto pone en juego la experiencia y el vocabulario religioso, al entrecruzarlo con tradiciones poéticas y realidades sociales de diverso signo”.

Quizá es demasiado pronto para esperar reacciones, sólo unas cuantas entrevistas en los medios impresos, algunos elogios y reconocimientos bien merecidos a la trayectoria de Sicilia, nada más, tristemente la poesía no es noticia; sin embargo no deja de llamar la atención la ausencia de comentarios si se recuerdan las dos últimas ediciones del Premio de Poesía Aguascalientes.

Sirva una cita de la columna de Humberto Musacchio a manera de resumen de lo ocurrido en el 2007: “la causa del escándalo era el hecho de que uno de los jurados (Eduardo Langagne) es jefe del premiado (Mario Bojórquez), lo que plantea un conflicto de intereses, además de que se pone en cuestión la calidad de la obra escogida en ese certamen que en varias ocasiones ha negado el premio a creadores que gozan de enorme prestigio. Dirigida a Silvia Molina, la directora de Literatura de Bellas Artes, ya circula una carta con numerosas firmas de poetas reconocidos quienes no están de acuerdo con el otorgamiento del Aguascalientes ahora y el año pasado, y le piden hacer algo para evitar desatinos que ponen en riesgo el prestigio del citado premio. El asunto ha cobrado tintes de gravedad, pues una de las impugnadoras recibió amenazas telefónicas de un cobarde”.

Mientras que en 2008, el Premio fue declarado desierto. El jurado (Jorge Esquinca, José Luis Rivas y José Javier Villarreal) señaló que ninguno de los trabajos recibidos reunía el nivel de excelencia requerido y, como se hizo en 1979 con la obra de Elías Nandino, se propuso realizar un homenaje a Gerardo Deniz. Inmediatamente comenzaron las protestas, más de un poeta se rasgó las vestiduras en nombre del honor de la poesía mexicana, se multiplicaron los abajofirmantes exigiendo que se revisaran las reglas del concurso, piedras tiradas a mano escondida intentaron saldar cuentas con el jurado, se propuso que con el monto del Premio se difundiera la obra de “nuestros poetas mejores” o bien abrir talleres literarios para “recomponer el estado de salud de la poesía mexicana”.

Fatídicamente, como suceden las cosas en este país, nada ocurrió, no hubo consecuencias a la furia epistolar de la comunidad artística, el furor declarativo se fue diluyendo, uno supone que tareas más importantes distrajeron su atención y tiempo; otra opción es que las lamentaciones se agotaron ante la indiferencia de las autoridades, porque darle la vuelta es también una forma de silencio, en el caso de las autoridades culturales, el Instituto Cultural de Aguascalientes destacó como un logro épico que el jurado deliberara en esta ciudad, del INBA o CONACULTA ni sus luces.

En Aguascalientes, por los pasillos de la Casa de la Cultura y los cafés o cantinas donde se reúne la comunidad artística se intercambian anécdotas que rematan: con estos ojos que se han de comer los gusanos, para asegurar que saben algo acerca del Premio Aguascalientes: cuál fue el jurado en que un primo se lo dio a una cuñada, quién se acostó con quién, el nombre del caudillo al que hay que rendir pleitesía para obtener el premio; los de siempre quejándose como siempre. En ese mismo tono bajito, las autoridades culturales de Aguascalientes se conduelen: tras 40 años el formato del Premio está agotado, es el momento de cancelar el concurso, al Estado le pesa otorgar 125 mil pesos y no tener poder de decisión alguno; un escurrir el bulto para no explicar las decisiones que se toman o se asumen.

No parece difícil sumar quejosos, se puede suponer que todos tienen buenas intenciones, ¿por qué no se aprovechó el descontento para establecer nuevos criterios de participación?, ¿dónde quedaron los poetas que el año pasado se rasgaron las vestiduras?, ¿los abajofirmantes que se propusieron enmendar el destino de la poesía mexicana a través de cambiar las reglas del juego? Se desvanecieron, como en otros ámbitos, lo que nos gusta es el griterío, el rasgar estruendoso, la chimiscolería; la indignación alcanza para protestar, no para proponer. Después, el olvido.

El domingo pasado, Jorge Álvarez Maynez finalizó su columna Uno de estos días así: “No hay otra manera de construir democracia, que la que el imperativo categórico desliza: imaginar que nuestras acciones individuales fueran regla universal. Aunque nos cueste, pero así debe de ser. Debe de ser.” La idea me parece luminosa porque obliga a la reflexión sobre lo que ser ciudadano implica, no basta ser abajofirmante, es indispensable sostener una opinión, informarse, hacer.

Afortunadamente, el Premio de Poesía Aguascalientes no es la poesía mexicana, así que las lamentaciones y el rasgarse las vestiduras queda en eso: espectáculo instantáneo. Lamentablemente, en las reacciones de la comunidad artística, en el esconder la cabeza de las autoridades, sí se puede ejemplificar lo que le pasa a este país: queja constante, olvido crónico.


Publicado en La Jornada Aguascalientes (11/02/09)

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