Violinista subterráneo
Me gusta contar historias, mentiroso contumaz intento perfeccionar el procedimiento para captar la atención del otro, un paso muy sencillo es involucrar al espectador de forma directa, a través de una pregunta, por ejemplo:
Caminas por la calle, estás solo, sin testigos de lo que te va a ocurrir, un extraterrestre o Dios (al caso es lo mismo) se te aparece, pide extiendas la mano y sobre tu palma deposita una pequeña bolsa de azúcar. "Contiene la cura contra el cáncer" te hace saber y desaparece.
Ya en casa, sabes que no fue un sueño, que no lo imaginaste, el pequeño sobre en tu mano lo constata. Revisas la bolsa, nada la distingue de un ordinario sobre de azúcar como el que ofrecen en las cafetería, mas sabes que adentró está el remedio, Él te lo aseguró.
¿Qué vas a hacer? ¿A dónde lo vas a llevar? ¿Qué vas a decir?
La respuesta inmediata, en la mayoría de los casos, es:
-Ah, pues fácil llevarlo a un laboratorio equis, dárselo al famoso biólogo zeta para que lo procese...
-¿Sí?, ¿y qué le vas a decir?, ¿Dios me dio la cura para el cáncer? ¿Un extraterrestre se me apareció y me dijo que?
Y las preguntas siguen, con la intención de demoler la respuesta inmediata, cuestionando acerca de los medios para llegar a ese biólogo famoso o al laboratorio internacional, el interrogatorio pone a prueba las verdaderas posibilidades de llevar ese remedio, el sobre de azúcar, a quien pueda sacarle provecho; pero la pregunta en que más insisto es ¿qué vas a decir?, ¿cómo vas a explicar?
Pensé en ésto al leer la siguiente nota en un correo que me envió Arlette:
La capital estadounidense es una ciudad habitualmente dividida por debates sobre política, pero enfrenta ahora una discusión más íntima y tal vez más temible: ¿hasta qué grado es indiferente a la belleza?
Cuando un columnista humorístico local convenció a Joshua Bell, uno de los mayores virtuosos del violín contemporáneos, a disfrazarse con sudadera y gorra de beisbol para tocar su Stradivarius en una estación del metro de Washington a las ocho de la mañana, probablemente no esperaba la reacción de disgusto, denuncias, sentimentalismo y pena que saludaron a su texto en la revista semanal de *The Washington Post*.
Gene Weingarten, columnista de *The Washington Post*, confesó que esperaba indiferencia, ciertamente. Después de todo, la hora de entrada a trabajar no es el mejor momento para detenerse a escuchar a un músico callejero, aun uno que tocara evidentemente tan bien como tocaba Bell o lo que interpretó en su improvisado concierto.
Pero cuando un comentarista habla de la arrogancia de un experimento mientras otro menciona que la idea le hizo llorar y reflexionar sobre los momentos de belleza perdida, la discusión parece convertirse en un reflejo de lo que los estadounidenses piensan de sí mismos.
Bell, quien participó con entusiasmo en el reportaje, se colocó a la salida de una estación del metro en el centro de una zona de oficinas del gobierno federal, a la hora de entrada de la burocracia, en un ambiente muy lejano de las salas de concierto donde suele actuar y vestido de forma muy distinta a como suele aparecer en público.
Nadie lo reconoció, de acuerdo con el reportaje, filmado también en video, y a duras penas fue escuchado, aunque alguno de sus escuchas involuntarios parece a momentos atrapado en un concierto que incluyó *Estrellita*, de Manuel M. Ponce, un concierto de Bach, una pieza de Massenet, pero mayormente los transeúntes -con excepción de algunos niños- parecen indiferentes.
El improvisado concierto duró 43 minutos y sólo una persona se detuvo a escuchar atraído por la música. Otra persona, sólo una, reconoció a Bell y se quedó a escuchar atraída por el personaje. Bell reunió 32.17 dólares sin contar un billete de 20 dólares que la única persona que lo reconoció puso en el estuche del violín...
La historia "no pretendía ser una acusación del alma de los burócratas federales" o que por su naturaleza, sean "menos sofisticados, menos abiertos a la belleza, menos culturalmente maduros, menos atentos a su alrededor que la persona normal", consignó Weingarten. Los directivos del diario se habían preocupado más bien de la posibilidad de que alguien reconociera a Bell y se creara un problema de control de grupos y hasta de congestión en la estación del metro. "La idea era que en una población tan sofisticada como Washington seguramente alguien reconocería a Bell", dijo Weingarten.
La realidad fue otra y la reacción ha sido en muchos casos de ofensa. "Me siento insultado de que haga un comentario sobre el triste estado de cosas en Washington sobre la base de una situación engañosa que ustedes sabían fallaría desde un principio", escribió un irritado corresponsal en un *chat*de internet protagonizado por el propio columnista.
"Nuestro principal temor era que se juntara una multitud no porque la música fuera hermosa, sino porque alguien reconociera a Bell", comentó Weingarten, que también recibió decenas de mensajes donde se le acusaba, o denunciaban el texto publicado por la revista de *The Washington Post*, de ser condescendiente, elitista o incluso, como escribió un participante en un *blog*, promotor de "una estética musical de europeo blanco".
Weingarten afirmó que hasta el martes al mediodía había recibido más de un millar de mensajes, incluso más un centenar de personas que le dijeron que el reportaje las había hecho llorar y reflexionar sobre la vida y lo que está a su alrededor. Para alguno de sus interlocutores se trató en realidad de un problema de ubicación: "Si se saca al arte de su pedestal ¿la gente lo reconocería como arte clásico? La respuesta es definitivamente no".
Caminas por la calle, estás solo, sin testigos de lo que te va a ocurrir y la belleza se te aparece, en forma de Bell tocando su violín o la mujer más hermosa del mundo o la posibilidad inequívoca de la felicidad... ¿Qué vas a hacer? ¿Cómo lo vas a contar?
La nota original en The Washington Post
El audio del concierto aquí
Joshua Bell en wikipedia
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