08 junio 2013

Envoltorio de papaya / Karma instantáneo


Karma instantáneo

Terrorífico (spoiler)
Tengo la impresión de que Wes Craven es un hombre con un desarrolladísimo sentido del humor, que si algo le gusta al director de Pesadilla en Elm Street y La cosa del pantano es divertirse, incluso arriesgándose a no complacer a sus seguidores, creo que por eso decidió filmar la cuarta entrega de Scream sin preocuparse por enseñar las costuras del género al salpicar el film de autoreferencias e hipertextualidad, todo con tal de burlarse de sí mismo. Basta presenciar el loop de los primeros minutos de Scream 4 para saber que hay que descartar que se está ante una “película de miedo” y, sin embargo, pocos momentos tan terroríficos (aquí viene el spoiler) como cuando Jill Roberts, a punto de asesinar a Sidney Prescott, detiene la acción y en el típico monólogo justificatorio del malvado, revela el porqué de sus acciones:
“¿Mis amigos?, ¿en qué mundo vives? No necesito amigos, yo necesito fans, ¿no lo entiendes? Nunca se ha tratado de matarte, se trata de convertirme en ti. Quiero decir, carajo, mi propia madre tuvo que morir -tampoco fue gran perdida, ¿verdad?- para poder ser como el original. ¿Es enfermo?, bueno, pues lo enfermo es la nueva normalidad. Tú tuviste tus 15 minutos, ahora yo quiero los míos. Y, ¿qué se supone que haga?, ¿que vaya al colegio, graduarme, trabajar? Echa un vistazo alrededor, vivimos públicamente, todos estamos en la Internet. ¿Cómo crees que la gente se hace famosa ahora? No tienes que lograr nada. Solamente te tiene que pasar algo jodido. Por eso tienes que morir Sid, esas son las reglas. Nueva película, nueva franquicia. Sólo queda espacio para una, enfréntalo, tus días de la buena se acabaron”.
Con la piel de gallina no resta más que asentir, y al mismo tiempo que se está de acuerdo con las premisas del párrafo anterior (vivimos expuestos en la red y el único mérito para ser famoso no es hacer algo sino que te pase algo), las escenas que pasan ante los ojos, como si fueran el recuento de un moribundo, son las propuestas de un canal de YouTube que ofrece uno tras otro, los grandes momentos de los más famosos de los últimos tiempos, una cadena de imágenes que van desde el niño gordo que maldice con acento norteño hasta la sex tape de Paris Hilton, sin omitir, por supuesto, los miles y millones de chistes sobre la ignorancia de Enrique Peña Nieto, la ignorante confusión de Ninel Conde, el rostro de los memes con la frase adecuada para festejar el viernes, los que tienen animalitos que enternecen o preguntan “Ola K Ase?”…
Es decir, el éxito (el reconocimiento) ya no se trata de los logros, ni tiene que ver con una proeza o la realización de una hazaña, lo de menos es hacer, basta estar.

La civilización del espectáculo
Cito en extenso a Mario Vargas Llosa: “¿Qué quiere decir civilización del espectáculo? La de un mundo donde el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y en donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal. Este ideal de vida es perfectamente legítimo, sin duda. Sólo un puritano fanático podría reprochar a los miembros de una sociedad que quieran dar solaz, esparcimiento, humor y diversión a unas vidas encuadradas por lo general en rutinas deprimentes y a veces embrutecedoras. Pero convertir esa natural propensión a pasarlo bien en un valor supremo tiene consecuencias inesperadas: la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y, en el campo de la información, que prolifere el periodismo irresponsable de la chismografía y el escándalo”.
Así explica el autor de La ciudad y los perros su contrariedad por la preminencia del espectáculo banal en el mundo, señala también Vargas Llosa la derrota de la “alta cultura” y cómo ha sido desplazado el placer por lo difícil por la simplicidad de lo estúpido; difícil no coincidir con él, aunque después de las más de 200 páginas de ese grupo de ensayos (La civilización del espectáculo) me queda la sensación de que faltó hacer énfasis en una palabra clave para comprender las razones por las que la defensa de la inteligencia y el diálogo suelen fallar, por la facilidad con que se puede mal interpretar el término, no se alude al placer. Eso nomás: placer.

Obsesiones modernas
Cuando términos como progreso y evolución se aplican a la cultura, suelen teñirse de moral, se comienza a ver, por ejemplo, a las artes, no como un camino para el desarrollo del espíritu, sino como herramientas para ascender en la escala social; se sobaja acciones como escuchar música, leer, asistir a espectáculos, exposiciones, establecer un diálogo con múltiples conexiones entre lo que apreciamos y lo que vivimos a utensilios que permitan en la vida diaria ganar más dinero, ser más atractivo, tener más aceptación… todo se reduce a que sea útil de la manera más práctica. Ser “mejores” ya no tiene nada que ver con la formación de una personalidad, se trata de pulir el espejo para que los otros se reflejen como ellos prefieran en nosotros, y así, ser incluidos, con todos los beneficios materiales que eso conlleva.

Ser o no ser
¿Qué debe más dignamente optar el alma noble entre sufrir de la fortuna impía, el porfiador rigor, o rebelarse contra un mar de desdichas, y afrontándolo desaparecer con ellas?, se pregunta el joven Hamlet, ahora inútilmente, porque ya no se trata de ser, se trata de hacer, imponiendo entre estas dos acciones un abismo brutal, como si en el placer de la reflexión solitaria o en la contemplación de la belleza (sí, la bolsa de supermercado flotando en el aire o la perfección del postulado de Euclides: Todos los ángulos rectos son iguales entre sí) no hubiera ningún valor, porque el compartirlo (el diálogo, siempre el diálogo) requiere de un esfuerzo de traducción del placer para el que ya no se tiene tiempo, ¿qué caso tiene –nos dictan los tiempos actuales- desperdiciar minutos y minutos tratando de justificar la sensación de lo hermoso, cuando puedes mostrar un chiste, cuando puedes compartir la imagen de alguien cayendo o cometiendo un error?
Sí, todos queremos nuestros 15 minutos de fama. Para obtenerlos, ya no funciona “hacer”, requiere demasiado esfuerzo, para qué pensar, cuando es más sencillo pasar por debajo de una escalera, aventarse desde un techo, exponerse al ridículo… ¿para qué?, si pensar no te asegura la risa pronta del otro, esa aceptación en la que hemos transformado los 15 minutos de fama.

Coda
Y de fondo musical, se escucha el sencillo de The Plastic Ono Band: Instant Karma's gonna get you/ Gonna knock you right on the head/ You better get yourself together/ Pretty soon you're gonna be dead/ What in the world you thinking of/ Laughing in the face of love/ What on earth you tryin' to do/ It's up to you, yeah youO lo que es lo mismo, John Lennon advirtiendo que cuando te atrape, el karma instantáneo te golpeará duro y a la cabeza por las cosas que sobre la tierra tratas de hacer.
@aldan
Publicado en La Jornada Aguascalientes (08/06/2013)

T.S. Eliot lee THE AD-DRESSING OF CATS


THE AD-DRESSING OF CATS

You’ve read of several kinds of Cat,
And my opinion now is that
You should need no interpreter
To understand their character.
You now have learned enough to see
That Cats are much like you and me
And other people whom we find
Possessed of various types of mind.
For some are sane and some are mad
And some are good and some are bad
And some are better, some are worse –
But all may be described in verse.
You’ve seen them both at work and games,
And learnt about their proper names,
Their habits and their habitat:
But
How would you ad-dress a Cat?
So first, your memory I’ll jog,
And say: A CAT IS NOT A DOG.
Now Dogs pretend they like to fight;
They often bark, more seldom bite;
But yet a Dog is, on the whole,
What you would call a simple soul.
Of course I’m not including Pekes,
And such fantastic canine freaks.
The usual Dog about the Town
Is much inclined to play the clown,
And far from showing too much pride
Is frequently undignified.
He’s very easily taken in –
Just chuck him underneath the chin
Or slap his back or shake his paw,
And he will gambol and guffaw.
He’s such an easy-going lout,
He’ll answer any hail or shout.
Again I must remind you that
A Dog’s a Dog — A CAT’S A CAT.
With Cats, some say, one rule is true:
Don’t speak till you are spoken to.
Myself, I do not hold with that -
I say, you should ad-dress a Cat.
But always keep in mind that he
Resents familiarity.
I bow, and taking off my hat,
Ad-dress him in this form: O CAT!
But if he is the Cat next door,
Whom I have often met before
(He comes to see me in my flat)
I greet him with an OOPSA CAT!
I’ve heard them call him James Buz-James –
But we’ve not got so far as names.
Before a Cat will condescend
To treat you as a trusted friend,
Some little token of esteem
Is needed, like a dish of cream;
And you might now and then supply
Some caviare, or Strassburg Pie,
Some potted grouse, or salmon paste –
He’s sure to have his personal taste.
(I know a Cat, who makes a habit
Of eating nothing else but rabbit,
And when he’s finished, licks his paws
So’s not to waste the onion sauce.)
A Cat’s entitled to expect
These evidences of respect.
And so in time you reach your aim,
And finally call him by his NAME.
So this is this, and that is that:
And there’s how you AD-DRESS A CAT.

Vía: http://www.brainpickings.org

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01 junio 2013

Aprobadictos / Envoltorio de papaya


Envoltorio de papaya
Aprobadictos


Changuitos envueltos en sus trajes
 Hay algo acerca de ti mismo que no sabes. Algo que negarás aunque exista, hasta que sea demasiado tarde para hacer algo. Es la única razón por la que te levantas en las mañanas. La única razón por la que soportas a tu jefe de mierda, la sangre, el sudor y las lágrimas. Es porque quieres que la gente sepa cuán bueno, atractivo, generoso, divertido, salvaje y astuto eres realmente. Témeme o reverénciame, pero por favor, piensa que soy especial. Compartimos una adicción, somos yonquis de la aprobación. Damos todo por la palmadita en la espalda y el reloj de oro. Por un maldito hip hip hurra. Mira al chico listo con la placa, puliendo su trofeo. Sigue brillando loco diamante, sólo somos changuitos envueltos en sus trajes, rogando por la aprobación de otros. 
El párrafo anterior es un parlamento de la película Revolver del director de Snatch, RocknRolla y las dos entregas recientes de Sherlock Holmes; es el nombre que me viene a la mente cuando me preguntan quién es el mejor Tarantino, siempre digo lo mismo, sin dudar: Guy Ritchie, primero porque lo creo, pero también como una forma de provocar el intercambio, sobre todo entre quienes halagan desmedidamente a Tarantino y en su recuento sólo consideran sus films más recientes, pero no han visto Reservoir dogs y Pulp fiction, pero sobre todo olvidan la mediocre Jackie Brown, barranco que no tiene en su trayectoria Ritchie. 
Las primeras líneas de este texto también me vienen a la mente cada vez que intento comprender la euforia con que se comparten opiniones en Facebook y Twitter, o cuando, inevitablemente, me atosigan los candidatos con sus campañas electorales.



Por un maldito hip hip hurra
Soy un viejo, lo confieso, sigo utilizando el correo electrónico para comunicarme, pero sobre todo para remitir documentos, ya me habitué a ese sistema, atrás quedaron los momentos de aprehensión al no saber si un día desaparecería lo que ahí está, o si no se podría perder en algún sendero torcido del ciberespacio... sensación que sí me abarca cuando alguien, quien sea, me comenta que me mandó algo, lo que sea, a través de Facebook, o que me informó de cualquier cosa a través de Twitter. En esos casos me rindo al efecto del miedo a lo desconocido.
Una vez que pasa el temblor, me gana el mal humor. Las facilidades de comunicación que ahora brindan esas redes sociales me obligan a estar al pendiente de ellas, así: imposición.
Paréntesis. Hace unas semanas llegaron de nueva cuenta unos pájaros a hacer su nido en el jardín, es la segunda ocasión que lo hacen. El espectáculo siempre me arroba, la minuciosa construcción del nido, el acomodo paciente del lodo y las ramas, después los vuelos por la tarde, el planeo inverosímil de las aves que las hace llegar sin tropiezo a la pared donde construyeron su guarida, el secreto del empollamiento, la sorpresa del nacimiento de las crías, la petición urgente de ser alimentados y ese canto desesperado al que responde la pareja de pájaros. Un espectáculo en el sentido más amplio de la palabra, un milagro del que no he comentado nada con mis contactos en las redes sociales, escenas que sí cuento en una conversación de café, quizá con demasiada emoción, relato que inmediatamente recibe un: ¿tienes fotos?, ¿por qué no lo has publicado?, eso no lo he leído en tu timeline...
La foto de ese nido, si la hubiera, sería una imagen sin gracia de un montón de barro y pasto encima de una pared, iluminada por la espiral de un foco ahorrador, así de sosa; por eso no la he compartido vía redes sociales. Esos momentos ante los pájaros, son similares al sentimiento que me embarga cuando, tratando de dormir a mi hijo, alcanzo a percibir el anuncio del amanecer en el cambio de tonalidad del cielo, mientras siento el zureo infantil en mi hombro... Es decir, intransmisibles en la brevedad, momentos que exigen el detalle de la narración, la conexión de una idea a una sensación, traducir el instante a un sentimiento, armar una historia que sea posible, para ser entendida, conectar con otros momentos, capaz de generar otra idea. Siempre insistiré, una imagen no dice más que mil palabras.
Pero ya no contesto eso, no confieso las razones por las que evito tomar una cámara o el teléfono para fotografiar "eso" y compartirlo, prefiero decir que me niego a usar un smart phone y esclavizarme a la obligación de siempre estar ahí.
Además, esos momentos que he sido incapaz de transmitir al declararlos enemigos de la síntesis, merecen (eso creo) una respuesta similar a la emoción con que se cuentan, son una narración que busca el contagio, una que se empobrece si la reacción del otro es un simple RT o Me gusta.
Y sin embargo, de eso están llenas las redes sociales, de palmaditas de aprobación. A eso hemos reducido nuestra conversación, un intercambio que no espera más que la reacción simplísima de apretar una tecla y reducir todo lo que se podría decir al dibujo de una mano que levanta el pulgar. A eso nos plegamos, con eso basta, nos conforma la reacción más pueril y la repetición del hecho, nos va transformando rápidamente en buscadores de la aprobación. El riesgo es, y considero que ya nos ocurre, es que ha dejado de tener importancia el dato, la recreación, los detalles, nos afanamos en la síntesis para obtener la inmediata aprobación del otro, sin importar qué es lo que piensa, sin la posibilidad (todavía) de que el símbolo que nos regalan a cambio de una historia sea otro que un simple clic.

Sigue brillando loco diamante
Lo mismo ocurre en las campañas. Cada temporada electoral los ciudadanos son bombardeados por la imagen sonriente de los candidatos, a ráfagas de rostros embellecidos se nos expone a promesas facilonas. No hay ideas.
Sé que el voto, esa sorprendente síntesis, es hasta ahora la mejor forma de elegir una autoridad. Reconozco las virtudes de lo que sintetiza el hecho de cruzar una opción y reducir nuestra coincidencia con equis o ye partido o candidato; sin embargo, ese resumen de lo que pensamos debe estar cargado de una reflexión previa, para la cual se inventaron los debates, la presencia en medios de comunicación, los mítines... toda la parafernalia con la que cuenta un candidato para transmitirnos su idea de lo que el servicio público debe ser.
Inmersos en la velocidad de las cosas y con el apoderamiento que ha logrado la mercadotecnia sobre la política, cada vez es menos frecuente que alguien le apueste a la conversación, buscan el impacto visual, el golpe mediático que, sí, se pueda traducir en un sí en la boleta.

Coda
Témeme o reverénciame, a eso se reduce todo, pero no me dejes de aprobar.


25 mayo 2013

Envoltorio de papaya /Generación marica


Envoltorio de papaya
Generación marica

Polémicas de señoritos
Vivimos en una generación más marica ahora, en la que todos acostumbran decir “Bueno, ¿cómo arreglamos esto de forma psicológica?” En los viejos tiempos, nada más golpeabas al intimidador y te las apañabas. Incluso si el tipo era mayor y podía arrastrarte por allí, por lo menos te hacías respetar por responderle, y entonces te dejaban en paz
(Clint Eastwood entrevistado por Esquire).
Leí esa declaración hace mucho tiempo y la guardé, con cariño, como para acudir a ella con el mismo gesto con que se acaricia descuidado a una mascota, esa certeza de que todo está en su lugar y las cosas, simplemente, son así. De vez en cuando regreso a la declaración de Eastwood y la acaricio, es decir, coincido: somos una generación marica.
La traducción de la entrevista es del escritor David Miklos, quien hace mucho tiempo la puso en su blog (http://saltosalmon.blogspot.com/) en referencia a una columna de Antonio Ortuño en el periódico Milenio donde escribió: “en México, por cada agarrón a golpes entre plumíferos, hay 900 mentadas de madre sordas o malicias mutuamente ocultas que se manifiestan, como las cobras, sólo a la hora del golpe mortal: la beca negada, la edición cancelada, la no inclusión en tal antología o tal encuentro… Mezquindades, como se ve. No es raro, inclusive, que grandes enemigos se dejen ver en público sonriéndose y hasta mandándose saludar a las familias y las mamacitas como si fueran compadres del alma. Vaya: la mayoría de las polémicas intelectuales nativas harán que se derramen toneladas de bilis, sí, pero por lo general mantienen los modales. Son polémicas de señoritos”.
Miklos agrega: “Nadie usa las manos, convertidas en puños, claro, y pocos saben usar bien las palabras y batirse en franco duelo. No. Hay que ser políticamente correctos y no ofender a nadie ni lanzar piedras y/o adjetivos bien colocados”.
Así somos, una generación marica que le rehúye a la polémica, a la discusión, en el mejor de los casos, a nuestras polémicas (por llamarle de algún modo) las cubra una edulcorada capa de corrección política, aunque lo cierto es que abandonado el diálogo, lo que se usa es lanzar la piedra y esconder la mano.
No se trata de una defensa del arte de intercambiar madrazos, pero sí de arriesgarse al intercambio de opiniones, decir cuáles son nuestras ideas. Atrás se ha dejado el razonamiento acerca de aquello que nos disgusta o con lo que no estamos de acuerdo, no vaya a ser que se pierda el privilegio de pertenecer a la comunidad, de ser excluido.


Más visibles, más cobardes
Al estar mejor comunicados (redes sociales, correo electrónico, blogs), nos hemos vuelto más cautos, sabemos que lo que digamos puede llegar al oído del otro mucho más rápido, que no faltará quién lleve el comentario y, nunca se sabe, así se pierda la oportunidad de un privilegio, por mínimo que sea: cenar con el escritor invitado, no ser parte de un consejo editorial, la invitación a una revista, el beneficio de una beca.
Hago esa mínima lista de oportunidades perdidas, porque las polémicas de señoritos a las que hacían referencia en su conversación Miklos y Ortuño son los intercambios entre escritores, la nula capacidad que se tiene en el “ambiente literario” de discutir abiertamente, de recibir una crítica, un comentario sobre nuestro trabajo, de forma pública; porque en corto, en el frente a frente, nada como una mesa en la que se encuentran dos escritores para escucharlos despotricar contra el ausente. En nada se distingue el “ambiente intelectual” de las costumbres de la clase política.
Somos una generación marica porque nos empeñamos en eludir la crítica abierta, más que temor a tener que argumentar nuestras razones de agrado o desagrado (casi siempre lo último), a lo que se teme es a la reacción del otro, que no sea capaz de establecer un diálogo y en vez de construir a partir de la diferencia, suceda que apenas se acabe la conversación, se cobre caro nuestra falta de coincidencias.
Tenemos miedo a perder la beca, no ganar el concurso, no ser considerado en una publicación, detienen la posibilidad de diálogo honesto. La polémica de señoritas caracteriza a los “artistas” de la comunidad en la que vivo, el esfuerzo por no ser calificados de críticos y la forma en que escurren el bulto a cualquier opinión que los pueda comprometer. Todavía hace poco algunos inocentes iniciaban la lectura de su trabajo solicitando la “crítica constructiva”, algo así como “en la cara, no”, ahora ni eso, todos somos la buena onda, propositivos, siempre hay que encontrarle algo bueno a lo que el otro escribe (y la broma sobre la calidad del papel está ya tan gastada que cansa usarla).
No nos reunimos en taller, nos juntamos para tomar cervezas o café y, casualmente, alguien reparte las fotocopias de su poema o fragmento de novela o cuento o ensayo, pero es una casualidad, por lo tanto, no se pide la opinión del otro, sólo su asentimiento, después siguen los está bien, me gusta esa línea, qué imagen tan poderosa, los me recordó un texto de… a lo que sigue una referencia oscura o un autor de moda; no le decimos al otro que su texto no funciona, no vaya a ser que ya no nos invite a dar un curso, a los cinco minutos de fama en un programa de radio o televisión e invariablemente se escucha el rumor de un pensamiento: si yo critico, a mí no me critican.
Los más jóvenes son los más apáticos, a veces se esconden en el “estoy aprendiendo”, la más de las ocasiones sólo ponen cara de sorpresa, en espera de que otro sea quien tome la palabra, rehuyendo la responsabilidad de generar una opinión. Nadie quiere jugar el papel del malo de la película, como si la crítica fuera, necesariamente, un comentario negativo.


Adictos a la aprobación
Me estoy desviando, lo menos importante es la apática y provinciana atmósfera literaria de Aguascalientes, donde cada uno ya ocupa su lugar, donde quienes conforman (conformamos) la “escena literaria” sabe qué silla tiene que ocupar. Realmente lo que intentaba señalar es que somos una generación marica porque cambiamos temor por aprendizaje, sobre todo por la forma en que las nuevas tecnologías invadieron y transformaron la forma de comunicarnos con los otros. Ahora lo que intentamos hacer, antes que formar una opinión, es tener seguidores, sumar reconocimientos, se deja a un lado la idea y se cambia por la aprobación.
No importa cómo sea esa aprobación, no importa que sea un inútil “Me gusta” en Facebook o un “Favorito” en Twitter; tampoco interesa de quién provenga, somos esclavos de la aprobación, gastamos demasiadas energías en complacer a la audiencia, no en coincidir, no en conversar, no en intercambiar, lo que queremos es el aplauso.
Adictos a la aprobación, somos incapaces de formar un club de la pelea, nos rendimos a las edulcoradas reuniones de la sociedad de los poetas muertos.


Coda
¿Y todo esto por qué? No lo sé. Quizá tenga que ver con que acabo de ver por enésima ocasión El club de la pelea y me emociona cuando Tyler Durden pregunta qué tanto puedes saber de ti mismo si nunca has estado en una pelea.


@aldan
 Publicado en La Jornada Aguascalientes (25/05/2013)

18 mayo 2013

Voluntad y Gracia / Envoltorio de papaya

Envoltorio de papaya
Voluntad y Gracia

Will & Grace
A finales de la década de los noventa y hasta el 2006 se transmitió la serie Will & Grace, comedia sobre la relación de amistad entre un abogado homosexual y su mejor amiga, a ese dúo se unían constantemente Jack McFarland y Karen Walker, personajes disparatados como pocos. Mucho es lo que se puede decir sobre la serie, pero no es mi tema, me pasa que cuando pienso en ese programa, me da por recordar el acoso mediático que sufría el actor Sean Hayes (Jack) por la hilarante interpretación que hacía de una loca, era tan bueno, lo hacía con tanto genio, que constantemente los reporteros de espectáculos insultaban su actuación preguntándole si era o no gay.
Erick McCormack, quien interpretaba a Will, también fue cuestionado por la prensa acerca de sus preferencias sexuales, él sí cedió a la presión y en más de una entrevista se declaró heterosexual; no recuerdo que Hayes lo haya hecho, es más, tengo la certeza de haber leído una entrevista en que se negaba a validar las preguntas sobre si prefería acostarse con hombres o mujeres porque no se relacionaba con su actuación.
Quizá esté inventando, no lo sé, el gesto es acerca de lo que quiero hablar, es la declaración acerca de lo que importa y no, prefiero recordar a Sean Hayes señalando lo irrelevante que era con quién se acostaba en relación con su actuación, a visualizar a un poco gracioso McCormack subrayando sus dotes actorales porque su preferencia sexual era contraria a la de su personaje.

Hipócritas
Me cuesta trabajo abanderar la tolerancia como valor supremo, siempre creo que quien la presume y exige, en el fondo, comienza por señalar una diferencia con el otro, que está siendo hipócrita, quizá por eso “Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias” está en el cuarto lugar de las acepciones, mientras que las primeras definiciones del diccionario hablan de sufrir, llevar con paciencia, resistir, permitir algo que no se tiene por lícito  sin aprobarlo y hasta soportar.
Es decir, lo soporto pero no lo apruebo, eso es lo que refleja la actitud ignorante con que los reporteros preguntaban sobre su sexualidad Hayes, lo que querían escuchar, para calmar su aflicción, era una respuesta como la de McCormack, para así poder decir, qué buen actor es, interpretando a un maricón sin serlo. Y todos tranquilos.
En estos tiempos de corrección política y buenpedismo, debemos ser tolerantes, la convivencia nos obliga, lo que está de moda es demostrar que estamos de acuerdo con los que no son iguales a nosotros, pero como esa no es una convicción que nazca del conocimiento, es una imposición a la que nos obligamos para coincidir, para no ser señalados. Máscara que se cae a la primera provocación, en la plaza pública y ante el micrófono nos reservamos, hablamos del igualdad y derechos, en la conversación en corto, nos hacen felices los chistes sobre jotos, hay cierta alegría insana cuando se puede referenciar a una figura pública como maricón.
En marzo pasado, la Suprema Corte de Justicia decidió que utilizar los insultos “puñal” y “maricón” está prohibido, que su uso va más allá de la libertad de expresión y que son manifestaciones discriminatorias… y todos tan contentos, vaya, hasta que apareció la “policía del lenguaje”, como los llamó Enrique Serna en un artículo, con quien coincido cuando señala que “nos guste o no, el lenguaje homofóbico estará vigente mientras haya gente que odie o tema a los homosexuales. Ese odio se puede extirpar, quizá, con largas campañas educativas, no con la imposible prohibición de injurias hondamente arraigadas en el vocabulario popular. Hay muchos otros denuestos que también discriminan a grupos sociales respetables: ruco, tira, naco, panzón, enano. ¿Emitirán un fallo para condenarlos?”.
Una vez establecido que la tolerancia me da grima, puedo decir que si hay algo que no tolero es la estupidez, que me parece el verdadero origen de los actos discriminatorios. ¿A qué lo anterior?, a la demanda en contra del locutor que todos los días insulta a la gente, no sólo por sus preferencias sexuales, sino porque cree que el micrófono le da el derecho de abusar de la ignorancia de los otros. Lo que lamentablemente va a ocurrir, es que en su defensa se arropará en la “libertad de expresión”, cobija que los estúpidos jalan más allá de su definición para permitirse la falta de argumentos. Es una pena que no se pueda demandar a alguien por imbécil.

For Oscar Wilde posing as a sodomite
El creador de las reglas del boxeo moderno, John Sholto Douglas, marqués de Queensberry, era además, padre de Alfred Douglas, amante de Oscar Wilde y quien lo empujó a la ruina al pedirle que enfrentara a su padre en juicio. Una tarde de 1895, el marqués dejó en el club una tarjeta para el autor de El retrato de Dorian Gray en la que escribió “Para Oscar Wilde, quien presume de sodomita”.
Quién sabe cuáles serían las razones por las que Wilde decidió mentir acerca de su conducta sexual, enfrentar al marqués en un juicio y demandarlo por difamación –para mí lo único que lo explica es la pasión por complacer a Bosie, como llamaban a Alfred Douglas–, todo sale mal. Como cuenta José Emilio Pacheco en el prólogo de Epistola: in carcere et vinculis (“De Profundis): Queensberry exige que pago los costos del juicio, Wilde tiene que declararse en quiebra, su esposa e hijo huyen, “sus obras son retiradas de los teatros, aun en Broadway, donde se representaba An ideal husband. Sus libros desaparecen de la circulación. La prensa organiza una implacable campaña de odio. Inglaterra entera se lanza contra el hombre al que ayer había aplaudido. No sólo es juzgado por sus actos: también por sus escritos, sus opiniones, su frecuentación de personas de otras clases sociales”.
Oscar Wilde muere de meningitis, el 30 de noviembre, en París; después de la experiencia de la cárcel y la ruina, todavía pudo escribir dos textos maravillosos: The ballad of the Reading Gaol y la extensísima carta a Alfred Douglas que se conoce como De profundis; esta misiva, conmovedora, por decir lo menos, comienza así:
“Querido Bosie:
“Tras larga y vana espera, me decido a escribirte por tu bien y por el mío. Me desagrada pensar que he pasado dos largos años de encarcelamiento sin recibir una línea tuya, ni siquiera noticias o al menos un recado, excepto aquellos que me causaron dolor.
“Nuestra desdichada y lamentable amistad terminó para mí en la ruina y la infamia pública. Sin embargo el recuerdo de nuestro antiguo afecto me acompaña a menudo, y me resulta muy triste la idea de que odio, amargura y desprecio deban ocupar para siempre el sitio que en mi corazón perteneció una vez al amor. Y creo que tú también sentirás en tu corazón que sería mejor escribirme mientras yazgo en la soledad de la vida carcelaria…”.
Imposible no conmoverse ante estas líneas. Imposible también pensar en la restricción de la Suprema Corte, y la rebeldía necesaria para usar ciertas palabras que permitan aproximarse a una explicación de lo que la discriminación, el odio, la ignorancia, le hicieron a Wilde; difícil no relacionarlo con la imbecilidad de un locutor que concita al odio a través de su micrófono.

Coda
¿Oscar Wilde era homosexual?, no importa; Bosie, ese sí era un maricón de mierda.
@aldan
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11 mayo 2013

Las depresiones de nuestro ánimo / Envoltorio de papaya

Envoltorio de Papaya
Las depresiones de nuestro ánimo


Palabra prohibida
No tengo cifras, es mera percepción, creo que el texto más citado de toda la obra de Octavio Paz debe ser el capítulo cuatro (Los hijos de la Malinche) de El laberinto de la soledad; donde elabora un inventario de lo que la chingada significa para el mexicano.
No voy a escapar a la tentación, así que me permitiré citar extensamente, señala Paz: “En nuestro lenguaje diario hay un grupo de palabras prohibidas, secretas, sin contenido claro, y a cuya mágica ambigüedad confiamos la expresión de las más brutales o sutiles de nuestras emociones y reacciones. Palabras malditas, que sólo pronunciamos en voz alta cuando no somos dueños de nosotros mismos. Confusamente reflejan nuestra intimidad: las explosiones de nuestra vitalidad las iluminan y las depresiones de nuestro ánimo las obscurecen”.
Enseguida, el autor de Libertad bajo palabra, señala que para el mexicano esa palabra secreta, prohibida, es la chingada: “Esa palabra es nuestro santo y seña. Por ella y en ella nos reconocemos entre extraños y a ella acudimos cada vez que aflora a nuestros labios la condición de nuestro ser. Conocerla, usarla, arrojándola al aire como un juguete vistoso o haciéndola vibrar como un arma afilada, es una manera de afirmar nuestra mexicanidad”.
El capítulo cierra con el siguiente párrafo: “El mexicano y la mexicanidad se definen como ruptura y negación. Y, asimismo, como búsqueda, como voluntad por trascender ese estado de exilio. En suma, como viva conciencia de la soledad, histórica y personal. La historia, que no nos podía decir nada sobre la naturaleza de nuestros sentimientos y de nuestros conflictos, sí nos puede mostrar ahora cómo se realizó la ruptura y cuáles han sido nuestras tentativas para trascender la soledad”.

Feliz día de las madres
Es posible que exagere y en un intento por explicar la vigencia de este texto de Paz, al buscar relacionarlo con lo que ocurre estos días, juegué a encontrar la cuadratura del círculo, sin embargo, me parece pertinente para intentar entender las razones por las que ayer, con motivo del festejo del día de las madres, miles afirmaron su mexicanidad en las redes sociales participando en la “Mega mentada a Enrique Peña Nieto”.
La iniciativa fue promovida por el colectivo Anonymous e invitaba a que a través de Twitter, se le mentara la madre a Peña Nieto para “romper el récord Guinness” en esa materia. No sé si lo hayan logrado, ni siquiera estoy seguro de que ese pueda ser una marca que se contabilice, en un sitio en Internet contabilizaban las mentadas, antes de terminar el 10 de mayo, ya sumaban más de 144 mil recordatorios.
Los más ingeniosos, acompañaban la mentada de madre con un motivo, los más frecuentes hacían referencia al resbalón del entonces candidato en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, así que el recordatorio era porque Peña Nieto no sabe leer; por supuesto, no podía faltar el cambio del nombre al IFAI; y las acusaciones de que asesinó a su esposa. Los menos creativos (que fueron los más) simplemente se dejaron llevar por sus filias y agregaban a la mentada otros insultos, el más frecuente: “puto”.
Triste pero cierto, así nomás.
Las redes sociales no votan
En medio de las mentadas cibernéticas, no faltó quien acusara de censura. Las redes sociales son caníbales, se alimentan de sí mismas, desde que la falta de imaginación transformó la opinión en noticia, no pasan unos minutos cuando alguien, quien sea, lance el rumor de que está siendo “atacado”, que los del otro grupo están intentando que no tenga éxito su iniciativa.
Quienes intentaron subir a las tendencias temáticas el hashtag #chingatumadreEPN acusaron a los “robots del PRI” de querer eliminar el tema, así que se inventaron otro para poder subirlo a los trending topics: #rechingasatumadreEPN.
La jugada, por su simplicidad, es funcional. Si falla el intento por convertir en tendencia, no fue por una falla en la convocatoria o porque el tema es una tontería, siempre hay un culpable que impide la “libertad de expresión”.
No quisiera insistir en que nuestro sentido del humor está en la lona, pero lo cierto es que, al menos en las redes sociales, nuestro comportamiento es similar al del público que asiste a una función de cine y suelta la carcajada cuando escucha la palabra pendejo; eso basta, ¡uy!, dijo una grosería, una mala palabra, y suelta la mandíbula y se ríe, sin saber bien a bien la razón.
Lo preocupante de este comportamiento en redes no es, por supuesto, la mentada de madre, sinceramente eso es lo de menos y sabido es que esos insultos son como las llamadas a misa, cada quien decidirá si acude o no. Lo que llama la atención es que cada vez con mayor frecuencia, los actores políticos detienen demasiado la atención a lo que ocurre en las redes sociales, con una perspectiva equivocada, a mi parecer.
Los nuevos ingenieros de imagen le venden al candidato (al puesto que sea) la importancia de las redes sociales y el valor que juegan en el posicionamiento y valoración que del político tenga la opinión pública, le muestran gráficas, le restriegan los resultados de los diferentes conteos y en qué lugar se encuentran; por supuesto, obligan a que se gaste más en redes, a que se invada con publicidad YouTube, Facebook y Twitter, porque es obligatorio que estén ahí.
Hasta que se demuestre lo contrario, las redes sociales no votan y todavía existe una enorme brecha entre el furor con que se da un “Me gusta” y el asistir a un acto de campaña; aún no se ha logrado transformar los retuiteos en intenciones de voto. Sin embargo, el político interesado en ganar, se obnubila por el canto de las sirenas, se le muestra que tiene equis número de impactos, pero no se le comenta que los usuarios están hasta el gorro de que su imagen les interrumpa el video que buscan; tampoco se les indica que tiene más éxito cualquier bufonada por encima de una idea. Lo importante es estar, le dicen, pero no le explican que el éxito en las redes sociales es solamente eso: fama en un todavía reducido espacio.
En el reino mediático, la fama no es resultado de las ideas, sino de la propensión al descaro o la tontería.

Besar bebés y apapachar viejitos
En uno de esos extraños giros que tiene la historia, ahora que se tiene a la mano una cantidad enorme de herramientas para difundir un mensaje, la clase política ha renunciado a las ideas, en el imperio de la imagen se rinde, con miedo, ante la posibilidad de que su público, los electores, no entiendan lo que quieren decir, lo que ofrecen.
Los equipos de campaña saben que es necesario sintetizar un mensaje para lograr su viralidad en las redes sociales, pero en vez de aprovechar esa condición para pulir una idea, establecer una agenda, mostrar que conocen las necesidades de la comunidad, hablar de derechos de tercera generación, educar a su electorado, se rinden ante la chabacanería, se vuelven sensibleros, y adoptan como estrategia lo peor de las redes. Por eso están de vuelta las fotos donde los candidatos besan bebés o apapachan viejitos.
Ésas son imágenes que nadie se cree ya y sin embargo…

Imágenes sórdidas, palabras malditas
Enamorados de su imagen, de repetirse ante el espejo que son unos chingones y merecen ganar, seducidos por la fotografía que los muestra como lo que quieren ser y no como lo que son, los candidatos no se detienen a preguntarse cuál es el secreto del éxito en las redes sociales, verían que no hay tal, que las figuras públicas que logran cierta penetración, que hicieron una campaña ganadora, lo hicieron gracias a que no se inventaron una personalidad sino que se mostraron como son; la notoriedad positiva que consiguieron no fue por darse baños de pueblo y subir la foto a Instagram, ni por tuitear estúpidos mensajes de superación personal, o por mostrarse en Facebook como candidatos “buena onda”; extrañamente, en esos casos, la honestidad sí pagaba.
Regreso a Paz, dice que esas palabras malditas sólo se pronuncian cuando no somos dueños de nosotros mismos, es el mismo caso al igual que esas imágenes sórdidas donde se muestra a los candidatos ridículamente empáticos con una realidad a la que no pertenecen, de la que no serán.
No van a aprender, tampoco el público está muy interesado en enseñarle, lo más que se le ocurre al electorado, al menos en redes sociales, es dejarse obscurecer el ánimo y organizar una mega mentada, virtual, por supuesto.
@aldan

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