Karma instantáneo
Terrorífico (spoiler)
Tengo la impresión de que Wes Craven es un hombre con un
desarrolladísimo sentido del humor, que si algo le gusta al director de Pesadilla en Elm Street y La cosa del pantano es divertirse,
incluso arriesgándose a no complacer a sus seguidores, creo que por eso decidió
filmar la cuarta entrega de Scream
sin preocuparse por enseñar las costuras del género al salpicar el film de
autoreferencias e hipertextualidad, todo con tal de burlarse de sí mismo. Basta
presenciar el loop de los primeros
minutos de Scream 4 para saber que
hay que descartar que se está ante una “película de miedo” y, sin embargo,
pocos momentos tan terroríficos (aquí viene el spoiler) como cuando Jill Roberts, a punto de asesinar a Sidney
Prescott, detiene la acción y en el típico monólogo justificatorio del malvado,
revela el porqué de sus acciones:
“¿Mis amigos?, ¿en qué mundo vives? No necesito amigos, yo necesito
fans, ¿no lo entiendes? Nunca se ha tratado de matarte, se trata de convertirme
en ti. Quiero decir, carajo, mi propia madre tuvo que morir -tampoco fue gran
perdida, ¿verdad?- para poder ser como el original. ¿Es enfermo?, bueno, pues lo
enfermo es la nueva normalidad. Tú tuviste tus 15 minutos, ahora yo quiero los
míos. Y, ¿qué se supone que haga?, ¿que vaya al colegio, graduarme, trabajar?
Echa un vistazo alrededor, vivimos públicamente, todos estamos en la Internet.
¿Cómo crees que la gente se hace famosa ahora? No tienes que lograr nada.
Solamente te tiene que pasar algo jodido. Por eso tienes que morir Sid, esas
son las reglas. Nueva película, nueva franquicia. Sólo queda espacio para una,
enfréntalo, tus días de la buena se acabaron”.
Con la
piel de gallina no resta más que asentir, y al mismo tiempo que se está de
acuerdo con las premisas del párrafo anterior (vivimos expuestos en la red y el
único mérito para ser famoso no es hacer algo sino que te pase algo), las
escenas que pasan ante los ojos, como si fueran el recuento de un moribundo,
son las propuestas de un canal de YouTube que ofrece uno tras otro, los grandes
momentos de los más famosos de los últimos tiempos, una cadena de imágenes que
van desde el niño gordo que maldice con acento norteño hasta la sex tape de Paris Hilton, sin omitir,
por supuesto, los miles y millones de chistes sobre la ignorancia de Enrique
Peña Nieto, la ignorante confusión de Ninel Conde, el rostro de los memes con
la frase adecuada para festejar el viernes, los que tienen animalitos que enternecen
o preguntan “Ola K Ase?”…
Es decir,
el éxito (el reconocimiento) ya no se trata de los logros, ni tiene que ver con
una proeza o la realización de una hazaña, lo de menos es hacer, basta estar.
La civilización del espectáculo
Cito en
extenso a Mario Vargas Llosa: “¿Qué quiere decir civilización del espectáculo?
La de un mundo donde el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el
entretenimiento, y en donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión
universal. Este ideal de vida es perfectamente legítimo, sin duda. Sólo un
puritano fanático podría reprochar a los miembros de una sociedad que quieran
dar solaz, esparcimiento, humor y diversión a unas vidas encuadradas por lo
general en rutinas deprimentes y a veces embrutecedoras. Pero convertir esa
natural propensión a pasarlo bien en un valor supremo tiene consecuencias
inesperadas: la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad
y, en el campo de la información, que prolifere el periodismo irresponsable de
la chismografía y el escándalo”.
Así
explica el autor de La ciudad y los
perros su contrariedad por la preminencia del espectáculo banal en el
mundo, señala también Vargas Llosa la derrota de la “alta cultura” y cómo ha
sido desplazado el placer por lo difícil por la simplicidad de lo estúpido;
difícil no coincidir con él, aunque después de las más de 200 páginas de ese
grupo de ensayos (La civilización del
espectáculo) me queda la sensación de que faltó hacer énfasis en una
palabra clave para comprender las razones por las que la defensa de la
inteligencia y el diálogo suelen fallar, por la facilidad con que se puede mal
interpretar el término, no se alude al placer. Eso nomás: placer.
Obsesiones modernas
Cuando
términos como progreso y evolución se aplican a la cultura, suelen teñirse de
moral, se comienza a ver, por ejemplo, a las artes, no como un camino para el
desarrollo del espíritu, sino como herramientas para ascender en la escala
social; se sobaja acciones como escuchar música, leer, asistir a espectáculos,
exposiciones, establecer un diálogo con múltiples conexiones entre lo que
apreciamos y lo que vivimos a utensilios que permitan en la vida diaria ganar
más dinero, ser más atractivo, tener más aceptación… todo se reduce a que sea
útil de la manera más práctica. Ser “mejores” ya no tiene nada que ver con la
formación de una personalidad, se trata de pulir el espejo para que los otros
se reflejen como ellos prefieran en nosotros, y así, ser incluidos, con todos
los beneficios materiales que eso conlleva.
Ser o no ser
¿Qué debe
más dignamente optar el alma noble entre sufrir de la fortuna impía, el
porfiador rigor, o rebelarse contra un mar de desdichas, y afrontándolo desaparecer
con ellas?, se pregunta el joven Hamlet, ahora inútilmente, porque ya no se
trata de ser, se trata de hacer, imponiendo entre estas dos acciones un abismo
brutal, como si en el placer de la reflexión solitaria o en la contemplación de
la belleza (sí, la bolsa de supermercado flotando en el aire o la perfección
del postulado de Euclides: Todos los ángulos rectos son iguales entre sí) no
hubiera ningún valor, porque el compartirlo (el diálogo, siempre el diálogo)
requiere de un esfuerzo de traducción del placer para el que ya no se tiene
tiempo, ¿qué caso tiene –nos dictan los tiempos actuales- desperdiciar minutos
y minutos tratando de justificar la sensación de lo hermoso, cuando puedes
mostrar un chiste, cuando puedes compartir la imagen de alguien cayendo o
cometiendo un error?
Sí, todos
queremos nuestros 15 minutos de fama. Para obtenerlos, ya no funciona “hacer”,
requiere demasiado esfuerzo, para qué pensar, cuando es más sencillo pasar por
debajo de una escalera, aventarse desde un techo, exponerse al ridículo… ¿para
qué?, si pensar no te asegura la risa pronta del otro, esa aceptación en la que
hemos transformado los 15 minutos de fama.
Coda
Y de fondo musical, se escucha el sencillo de The
Plastic Ono Band: Instant Karma's gonna
get you/ Gonna knock you right on the head/ You better get yourself together/
Pretty soon you're gonna be dead/ What in the world you thinking of/ Laughing
in the face of love/ What on earth you tryin' to do/ It's up to you, yeah you…
O lo que es lo mismo, John Lennon advirtiendo que cuando te atrape, el
karma instantáneo te golpeará duro y a la cabeza por las cosas que sobre la
tierra tratas de hacer.
@aldan
Publicado en La Jornada Aguascalientes (08/06/2013)



