14 julio 2007

En letras de otros


MATAR A LA SERPIENTE
No, al paraíso no se vuelve. Más bien es al revés. En alguna oportunidad conoce uno el paraíso, y adonde regresa es a lo cotidiano, a lo de siempre.

EL DESEO Y EL GOLPE
Uno se enamora de una mujer. Y después inicia una relación con ella para conocerla, es decir, para descubrir sus defectos y poder, entonces, olvidarla.

EL UYUYUY UNO
Bienaventuradas las mujeres porque de ellas es el reino de mi cuerpo

EL UYUYUY DOS
Dejad que las mujeres se vengan en mí.

CONFESIONARIO BREVE
Es muy raro que yo conteste el teléfono. Por lo general contesta mi mujer; o contesta mi hija. Aunque sea yo quien está más cerca; aunque sea yo quien lo tiene a la mano, ellas tienen que pegar la carrera para contestar. Y cuando estoy solo, y suena, detengo lo que esté haciendo, me pongo en estado de alerta, me le quedo mirando al aparato; pero no contesto. Me siento el ser más desamparado del mundo. Cuento los timbrazos. A veces uno, dos, tres, y se acaba. A veces el sufrimiento se prolonga casi infinitamente. Me pregunto quién será quien llama, ¿por qué?, ¿para qué? ¿Será para mí la llamada? ¿Será algo importante, algo urgente? ¿Y si es una buena noticia? ¿Y si llaman de la escuela de la niña, por cualquier cosa? ¿Y si nada más se trata de una equivocación al marcar? ¿Y qué tal si le sucedió algo a alguien de la familia, una enfermedad, un accidente? Por el número de timbrazos trato de adivinar quién es, qué quiere. Trato de sentir si son timbrazos tristes, o ansiosos, o suplicantes, o tiernos, o desvalidos. A veces el aparato deja de sonar, y vuelve a sonar casi de inmediato, como si pidiese auxilio, como si estuviese jugándose la vida. No contesto, sin embargo. Y lo peor es que luego me quedo sin poder hacer nada largo rato. La culpa me atormenta, me acosa el arrepentimiento. Debí contestar. Pienso en algunos parientes y amigos que pudieron haber estado del otro lado de la línea. Apunto cuatro o cinco nombres y les escribo cartas ofreciéndoles disculpas por no haber podido responder a su llamada. Después de un rato, siento que aquello es completamente ridículo y las rompo. Mas el malestar no cede y entonces cojo el teléfono y me pongo a hablarle a toda la gente que conozco. En ocasiones logro descubrir quién llamo, pero la mayoría de las veces me quedo con la duda y el remordimiento para siempre.

De LOS HERMANOS MENORES DE LOS PIGMEOS de Agustín Monsreal


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