El gesto de la angustia.
Francisco León González
Francisco León González
Muchos hombres le escupirían a dios; yo lo convertiría en hombre
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Los mejores pecados se cometen asolas: cuando sentimos que dios está al acecho, vigilándonos.
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Sería demasiado vivir, conformémonos con respirar.
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No somos dueños ni de nuestras desgracias.
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Quien no ama su infierno busca en vano.
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Las palabras no tienen la culpa de andar en boca de todos.
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Todo ocurre de manera fragmentaria, en este caos de brevedades.
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Busco lo insólito: otra oportunidad del hombre frente a dios.
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Lo único que nos hace verdaderamente aptos para sobrevivir es el sufrimiento.
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La zona más erógena, más nerviosa, más convulsiva del cosmos está en la presencia de lo femenino.
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El paraíso no está ni después de la muerte ni antes de la vida. Se encuentra varado en algún tiempo de la memoria.
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Nos juntamos con alguien no por amor, sino para llevar a cabo la necesidad ancestral de aniquilar, por lo pronto, al más cercano.
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¿Cuántos mundos somos, cuántos hombres hemos sido?
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La mayor de mis debilidades es dios.
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El Juicio Final. Qué cura, qué alivio.
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Dios se vació, está disperso en el lenguaje y en las cosas.
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Para expresar a dios no hay que pensar, basta con llorar.
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Sabemos lo que somos sólo por lo que perdemos.
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Como decepción en sí mismo el mundo es asombroso, de aquí que nada me plazca tanto como huir de mí mismo.
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Nadie es perfecto, salvo los muertos y unos cuantos desolados.
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Para amar a una mujer hay que interpretar su cuerpo como un acontecimiento superior, pero transitorio.
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Lo más cercano al yo no es el egoísmo, sino el escándalo.
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Poseemos por lo menos una gracia divina: la de esforzarnos por nada.
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A veces lo único que escucho es el eco de un lector.
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