Perdón por intolerarlos
Gato por liebre
Para su cuarto informe, el Gobernador de Aguascalientes eligió entregarlo a los diputados y dar un breve mensaje, en lo que él mismo calificó de formato “inédito, austero y accesible” (sic), en contraste, el Presidente Municipal de la capital, no pudo evitar seguir el ritual de la fiesta en grande, finalmente, fue su primera vez. Eso sí, ambos aprovecharon la ocasión para mandar un mensaje político a la ciudadanía. Los dos remataron con la promesa de un tiempo mejor, Luis Armando Reynoso llamó a construir el Estado en el que queremos vivir, ¡Viva Aguascalientes'n!, con golpe en la tribuna incluido para reafirmar su convicción, mientras que Gabriel Arellano, casi sin leer las modernísimas pantallas transparentes, alcanzó a asegurar que sería posible conquistar un futuro mejor antes que la avalancha de aplausos lo envolviera (La Jornada Aguascalientes del 2 y 18 de diciembre).
Más allá del tamaño de la fiesta, los hermana la actitud ante lo que un informe implica, ambos mandatarios confunden esa obligación con la oportunidad de pararse ante el reflector mediático para elaborar un reporte de tareas. No es su culpa, así funciona el sistema político mexicano, los informes son la ocasión para defender algo como perros, asegurar el fin de la deuda o congratularse por la transición democrática; desde el Presidente de la República hasta el alcalde del municipio más humilde ven estas ocasiones como oportunidad para el lucimiento personal más que como una obligación para con la sociedad.
Que los funcionarios públicos de cualquier nivel tengan la obligación de rendir un informe no es un favor que hacen a los ciudadanos, se llama rendición de cuentas, sin embargo, la amplitud de este término parece condenarnos a la repetición de ceremonias huecas, así como la continuidad de sus productos: los documentos que amparados en el título de Informe presentan un excesivo álbum fotográfico salpicado de unas cuantas tablas y muchos, muchos números. Basta ver los documentos que ofrecen en sus páginas en internet los gobiernos de Aguascalientes, versiones electrónicas de los informes, el estatal de 562 páginas y el municipal con 190.
En ambos documento sólo hay qué, no un para qué. Su lenguaje es el de la grandilocuencia. Por ejemplo, la actividad cultural, en ambos casos se presume la realización de presentaciones editoriales, muchas e interesantes, no se explica que al acto asistimos tres o cuatro gatos y unas macetas; de una obra de teatro ambulante se indica que benefició (siempre se nos beneficia) a miles de espectadores, sin importar que ese número incluya a los que pasaban por ahí en el camión; la promoción de la lectura se transforma en asistentes, otra vez muchos, sin indicar que son un montón de estudiantes obligados a mostrar el programa de mano como parte de su tarea, o bien millares de libros donados a bibliotecas escolares, donde dormirán un sueño injusto porque están bajo llave, no sea que a alguien se le ocurra leer un libro y maltratarlo.
No sólo la cultura, así funciona el lenguaje de los informes para todas las actividades que reportan, donde fueron 52 hay que escribir casi una centena, donde no se tiene información estadística se recurre al siempre fiel adjetivo de numeroso, cuando el redactor no sabe qué hacer con un conjunto lo agrupa agregando: múltiples. Se emplean ideas afines para calificar, que todo sea importante, fundamental, sustancial, favorable, meritorio. Lo que se hizo, invariablemente es la culminación de algo, la cumbre, el clímax, trascendental, destacado.
Además, el texto no es lo importante, finalmente es muy poco lo que se quiere decir, por eso se elaboran bajo el sistema de apantalle gráfico; las tablas, la infografía, los recuadros que encabeza un “como nunca”, “más que la administración pasada”, “meta superada”, pero sobre todo que las imágenes hablen: ¿cuál es la situación del campo?, la foto a una plana de un viejito sonriente y de apariencia serena; ¿cómo va la educación?, que conteste la imagen de dos jóvenes enamorados y mirando a lontananza; ¿información sobre seguridad?, coloque estampas de relucientes patrullas y fieros pero protectores policías; ¿un plan urbano de desarrollo?, salpique el documento con fachadas remodeladas y una iluminación que la haga parecer de primer mundo; ¿empleo y desarrollo económico?, una línea de producción donde todos los que todavía tienen trabajo dicen whisky; si el caso es grave, obvio, se acude a la sensiblería, fotografías de niños, muchos niños, hay que vender inocencia, que el lector sienta que el futuro es inmejorable porque en la imagen todos juegan y sonríen, niños vestidos de bombero, policía, médico, como si el disfraz les asegurara el porvenir.
Los informes de Luis Armando Reynoso y Gabriel Arellano están bonitos pero no son para leerse, son para verse, no cumplen con la rendición de cuentas. Andreas Schedler define el término accountability en ¿Qué es la rendición de cuentas? (Cuadernos de transparencia N° 33. IFAI, 2004, México) señalando que lo constituyen dos dimensiones básicas: “la obligación de los políticos y funcionarios de informar sobre sus decisiones y de justificarlas en público (answerability)” y “la capacidad de sancionar a políticos y funcionarios en caso de que hayan violado sus deberes públicos (enforcement); como los informes del gobierno estatal y municipal únicamente contienen qués y se olvidan de los para qué, sigue pendiente la tarea, por muchas imágenes felices que incluyan, pues es mentira que una imagen diga más que mil palabras, sin contexto, una fotografía suele vender gato por liebre.
Publicado en La Jornada Aguascalientes, (21/12/08)
Gato por liebre
Para su cuarto informe, el Gobernador de Aguascalientes eligió entregarlo a los diputados y dar un breve mensaje, en lo que él mismo calificó de formato “inédito, austero y accesible” (sic), en contraste, el Presidente Municipal de la capital, no pudo evitar seguir el ritual de la fiesta en grande, finalmente, fue su primera vez. Eso sí, ambos aprovecharon la ocasión para mandar un mensaje político a la ciudadanía. Los dos remataron con la promesa de un tiempo mejor, Luis Armando Reynoso llamó a construir el Estado en el que queremos vivir, ¡Viva Aguascalientes'n!, con golpe en la tribuna incluido para reafirmar su convicción, mientras que Gabriel Arellano, casi sin leer las modernísimas pantallas transparentes, alcanzó a asegurar que sería posible conquistar un futuro mejor antes que la avalancha de aplausos lo envolviera (La Jornada Aguascalientes del 2 y 18 de diciembre).
Más allá del tamaño de la fiesta, los hermana la actitud ante lo que un informe implica, ambos mandatarios confunden esa obligación con la oportunidad de pararse ante el reflector mediático para elaborar un reporte de tareas. No es su culpa, así funciona el sistema político mexicano, los informes son la ocasión para defender algo como perros, asegurar el fin de la deuda o congratularse por la transición democrática; desde el Presidente de la República hasta el alcalde del municipio más humilde ven estas ocasiones como oportunidad para el lucimiento personal más que como una obligación para con la sociedad.
Que los funcionarios públicos de cualquier nivel tengan la obligación de rendir un informe no es un favor que hacen a los ciudadanos, se llama rendición de cuentas, sin embargo, la amplitud de este término parece condenarnos a la repetición de ceremonias huecas, así como la continuidad de sus productos: los documentos que amparados en el título de Informe presentan un excesivo álbum fotográfico salpicado de unas cuantas tablas y muchos, muchos números. Basta ver los documentos que ofrecen en sus páginas en internet los gobiernos de Aguascalientes, versiones electrónicas de los informes, el estatal de 562 páginas y el municipal con 190.
En ambos documento sólo hay qué, no un para qué. Su lenguaje es el de la grandilocuencia. Por ejemplo, la actividad cultural, en ambos casos se presume la realización de presentaciones editoriales, muchas e interesantes, no se explica que al acto asistimos tres o cuatro gatos y unas macetas; de una obra de teatro ambulante se indica que benefició (siempre se nos beneficia) a miles de espectadores, sin importar que ese número incluya a los que pasaban por ahí en el camión; la promoción de la lectura se transforma en asistentes, otra vez muchos, sin indicar que son un montón de estudiantes obligados a mostrar el programa de mano como parte de su tarea, o bien millares de libros donados a bibliotecas escolares, donde dormirán un sueño injusto porque están bajo llave, no sea que a alguien se le ocurra leer un libro y maltratarlo.
No sólo la cultura, así funciona el lenguaje de los informes para todas las actividades que reportan, donde fueron 52 hay que escribir casi una centena, donde no se tiene información estadística se recurre al siempre fiel adjetivo de numeroso, cuando el redactor no sabe qué hacer con un conjunto lo agrupa agregando: múltiples. Se emplean ideas afines para calificar, que todo sea importante, fundamental, sustancial, favorable, meritorio. Lo que se hizo, invariablemente es la culminación de algo, la cumbre, el clímax, trascendental, destacado.
Además, el texto no es lo importante, finalmente es muy poco lo que se quiere decir, por eso se elaboran bajo el sistema de apantalle gráfico; las tablas, la infografía, los recuadros que encabeza un “como nunca”, “más que la administración pasada”, “meta superada”, pero sobre todo que las imágenes hablen: ¿cuál es la situación del campo?, la foto a una plana de un viejito sonriente y de apariencia serena; ¿cómo va la educación?, que conteste la imagen de dos jóvenes enamorados y mirando a lontananza; ¿información sobre seguridad?, coloque estampas de relucientes patrullas y fieros pero protectores policías; ¿un plan urbano de desarrollo?, salpique el documento con fachadas remodeladas y una iluminación que la haga parecer de primer mundo; ¿empleo y desarrollo económico?, una línea de producción donde todos los que todavía tienen trabajo dicen whisky; si el caso es grave, obvio, se acude a la sensiblería, fotografías de niños, muchos niños, hay que vender inocencia, que el lector sienta que el futuro es inmejorable porque en la imagen todos juegan y sonríen, niños vestidos de bombero, policía, médico, como si el disfraz les asegurara el porvenir.
Los informes de Luis Armando Reynoso y Gabriel Arellano están bonitos pero no son para leerse, son para verse, no cumplen con la rendición de cuentas. Andreas Schedler define el término accountability en ¿Qué es la rendición de cuentas? (Cuadernos de transparencia N° 33. IFAI, 2004, México) señalando que lo constituyen dos dimensiones básicas: “la obligación de los políticos y funcionarios de informar sobre sus decisiones y de justificarlas en público (answerability)” y “la capacidad de sancionar a políticos y funcionarios en caso de que hayan violado sus deberes públicos (enforcement); como los informes del gobierno estatal y municipal únicamente contienen qués y se olvidan de los para qué, sigue pendiente la tarea, por muchas imágenes felices que incluyan, pues es mentira que una imagen diga más que mil palabras, sin contexto, una fotografía suele vender gato por liebre.
Publicado en La Jornada Aguascalientes, (21/12/08)
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