30 noviembre 2011

¿Para qué?


Perdón por intolerarlos
¿Para qué?

Tiene dinero, no necesita robar. Recuerdo que ese argumento se empleaba para defender la al suspirante que hacía pública sus ganas de acceder a un puesto de elección. Siempre después de señalar que era el menos malo o, al menos, no era del grupo político de siempre. Eso bastaba. Recuerdo también la defensa que alguien hiciera de Miguel Alemán Valdez como uno de los mejores presidentes que ha tenido el país, no se hablaba de su obra, del desempeño de su gobierno, ni de cómo quedó en país durante esos seis años, para subrayar que era mejor que los demás, su defensor empleaba una frase simplísima para describirlo: Robaba, pero dejaba robar.
No hace mucho de eso y eso era todo. Bisoños en cuestiones democráticas y cautivos por un sistema de partidos en el que la oposición real apenas empezaba a organizarse, la oposición leal se sumaba en los partidos satélites y el Revolucionario Institucional encarnaba todas las opciones a través de la suma de todas las voluntades, en un ejercicio del poder nada relacionado con la democracia, esos eran los argumentos que bastaban, apostarle a la honorabilidad del candidato y suponer que, aunque el puesto estaba hecho para eso, su origen y voluntad personal le impedirían robar tanto.
Las elecciones ya no son así, hemos cambiado, es otro el tipo de nuestra democracia, a pesar de las fallas de las instituciones, de los tropezones que sufrimos en el desarrollo hacia una pleno ejercicio ciudadano en las urnas y que se cuenta con mayores oportunidades de participación, los argumentos para defender la candidatura de alguien, siguen siendo los mismos.
No es que tengamos los candidatos que merecemos, más bien contamos con los candidatos que soportamos por la falta de interés en los procesos electorales y, en general, la vida pública del país. No es raro escuchar como justificación: a mí no me digas, yo no voté por él o ella, bien: no es mi asunto, yo no voto. En ambos casos la coartada está relacionada con una separación de la responsabilidad, cuando algo está mal, siempre son los otros los culpables, pareciera que aún no estamos listos para ejercer plenamente, mediante el compromiso, que las decisiones de gobierno deben ser resultado de una decisión colectiva.
Las culpas del individuo, el origen mismo, son múltiples, generalizando tienen que ver con una falta de tradición democrática que nos vuelve desconfiados. Una de las penitencias que se pagan por esa culpa es que no se ha hecho suficiente para mejorar el proceso de selección de candidatos que nos representarán y deberán seguir el mandato de la colectividad. Todavía hoy confundimos la idea de mandatario con quien nos puede mandar a su voluntad.
Mejorar los procesos de elección de candidatos llevará tiempo, habrá que obligar a los partidos políticos a que optimizar los pasos para seleccionar los candidatos a diputados, senadores, presidentes municipales, gobernadores, presidente. No es fácil cambiar de un día a otro algo que ya está podrido por la avaricia y la vanidad. Dos preguntas son esenciales para comenzar: ¿cómo y para qué?
Todo lo que prometen los candidatos debería ser explicado en una serie de pasos que se traduzcan en cómo, generar empleo, mejorar las condiciones económicas del país, combatir la pobreza… sí, lo que todos prometen, lo que firman ante notario o se vuelve lema de campaña, eso trasladado a un cómo.
En el caso de los candidatos, hay que empezar con un ¿para qué? Cuestionar la vocación política a través de preguntarles con qué sentido quieren llegar a una curul o a una silla. Atender la respuesta y exigir profundidad, no basta que declaren amor al país, la entidad o la región, finalmente, es difícil que alguien no tenga ese apego al lugar donde reside; tampoco habrá que conformarse con que expresen el deseo de servir a sus conciudadanos, ese se puede hacer cumpliendo otras funciones que no se relacionan con el servicio público, comienza por ejercer plenamente los derechos y obligaciones del ciudadano; señalar que representan una ideología, es igual de hueco, ¿de qué sirve que se declaren de izquierda, derecha o centro si a esa postura no la soporta un plan de acción?
Es urgente educar a los partidos, exigirles que estén a la altura de los retos que enfrentamos como sociedad, que estén listos para representarnos y decidir de la mejor manera para el colectivo, de otra manera, seguiremos escuchando los pretextos con que los políticos justifican sus fallas.
Recordarles que es indispensable explicar ¿para qué? es una forma de exigir cuentas, de que no puedan disculpar sus faltas a las sesiones de la Cámara, el conformarse con ejercer un papel testimonial, las constantes quejas de que el sistema no les permite actuar de otra manera, que sólo siguieron ordenes. Con el ¿para qué? se pondría una tranca a los juanitos y a las juanitas, se podría eliminar de las plantillas a quienes se lanzan sólo para perder porque saben que así podrán extender la mano para cobrar el favor después.
Los estrategas de los partidos se preguntan constantemente qué deben de hacer para que la ciudadanía vote por ellos, cómo convencer para obtener los votos, cuando se hacen esos cuestionamientos, invariablemente se analizan otros fenómenos que sí atraen a la sociedad, que sí la hacen participar, ¿cómo es que tanto asisten a un concierto, a una rodada en bicicleta, a un convivio?, ¿qué mueve a las multitudes para que en pleno uso de su gusto vaya a un lugar o haga algo?
Dar a conocer el cómo de sus propuestas y el para qué de su candidatura son la base para conseguir movilizar a la ciudadanía, es algo que los partidos tienen que construir, ganarse, algo simple y obvio: confianza.

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