Perdón por intolerarlos
El mundo hechizado
Una bolsa de plástico en el aire,
basura pues, con la que el viento juega, Ricky Fitts la filma en video, es una
breve secuencia de American Beauty
(Sam Mendes, 1999) donde no ocurre otra cosa que no sea el movimiento, algo tan
sencillo, tan desnudo de sentido, que se hace indispensable interpretarlo. Otra
escena de la película muestra al mismo joven grabando un pájaro muerto sobre la
acera, cuando Jane Burnham le pregunta qué por qué lo hace, le contesta de
inmediato: porque es hermoso. Lo bello es una constante, de alguna u otra
forma, todos los personajes de esta cinta lo buscan, algunos bajo la idea de
cambiar su vida, a otros les basta contemplarla.
En un diálogo entre los dos jóvenes,
se intenta una explicación:
Ricky Fitts: Es como si Dios te
mirara fijamente, sólo por un instante, y si eres cuidadoso, le pudieras
regresar la mirada.
Jane Burnham_ ¿Y qué es lo que ves?
Ricky Fitts: Belleza.
Por supuesto, la belleza está en la
mirada de quien observa y en ese sentido, el mundo, todo, es bello, una bolsa
detenida en el aire, una estrella fugaz en la madrugada, la marca de la taza de
café en la mesa compartida, el cuerpo del otro en espera de una caricia, por
supuesto, el trazo de un balón que levanta el vuelo y se incrusta en una
portería. El mundo está ahí y sólo espera ser interpretado, lo dice mejor Francisco
de Quevedo en el “Salmo IV”:
La lengua se me pega a la garganta;
agua a mis ojos falta, a mi voz
bríos;
nada me desengaña;
el mundo me ha hechizado.
Asegurar con esta convicción que el
mundo es así y sólo basta dejarse asombrar para encontrar la belleza no implica
quedarse detenido, azorado por el hechizo del mundo, inmóvil como en el juego
infantil de los encantados, interpretar es actuar, compartir la interpretación
del mundo es incidir en él, de otra manera, lo que percibimos será nada, la
bolsa: basura, la taza un traste sucio, el otro nadie, el gol una jugada más.
Compartir el hechizo para formar una
visión más compleja y enriquecedora de lo percibido, donde quepan las
interpretaciones más diversas, donde la conversación que se establece sea bajo
el entendido que las visiones son complementarias y no se anulan entre sí,
donde la posibilidad de cambio reside en encontrar la forma de enlazar una
visión con otra.
Por lo anterior se me hace inútil la
discusión acerca de si nos hemos dejado engañar por el triunfo de la selección
nacional de futbol, si quienes celebran los goles al equipo de Brasil son
alienados que olvidan los gasolinazos, la protesta necesaria por el juego sucio
en las elecciones y un largo etcétera que intenta contraponer la “terrible
realidad” contra el embeleso que sufren quienes contemplan los juegos olímpicos
o comentan la cinta más reciente de Nolan o se reúnen a hablar de un libro en
vez de unirse al boicot contra algo. Y viceversa, quienes sólo ven a rapaces,
desobligados, montoneros, ardidos, perdedores (elija el adjetivo más grosero
que quiera) en quienes salen a la calle a manifestarse, también me parece que
aportan poco al intercambio. Ambas actitudes intentan imponer una visión del
mundo muy restringida.
El problema, creo, está en quienes
nos encontramos en medio de estos extremos, la multitud de observadores,
simples testigos, que sólo se dedican a la espera. La polarización en aumento
en todos los ámbitos de discusión, prácticamente obliga al silencio, lo que es
lamentable, porque se vuelve costumbre, un mal hábito que se traduce en esperar
el cambio, pero que ese cambio sea iniciado por otros.
Hace unos días escuché decir a
alguien a quien considero muy inteligente: “¿y ahora qué van a hacer?, se
refería a los integrantes de #YoSoy132, el comentario me sorprendió porque
quien me lo dijo tiene todo para aportar a esa organización, pero desencantada
del mundo, todo su talento lo ha dejado en reserva para cuando otros comiencen
el cambio, para un futuro decidir si se une o no.
Mis amigos se molestan cuando lo
anuncio, pero sí creo que estamos enfermos de medianía, de aspiraciones mediocres
que se desgastan en pasiones instantáneas, euforia pues que alcanza para
festejar con todo el triunfo de un equipo y convertirlo en una proeza
personalísima, un uso aborrecible del plural: ganamos. Mediocre porque al
abrogarse del éxito ajeno, no se interpreta, no se analiza, sólo se suma una
voz al balido general. Un país no se cambia así, no con esos cuentos, y de
nuevo, tampoco con el otro cuento que quema su alma en la elaboración de una
pancarta o en el incendio de las redes sociales con la ingeniosísima
intervención de una fotografía.
Hace unas semanas, en un artículo (¿De
qué tamaño es nuestra pequeñez?, http://goo.gl/0zvL5) Jorge Álvarez Máynez
señalaba que “Para cambiar, los mexicanos necesitamos hacer uso de nuestra
empatía. Abandonar un poco nuestra pequeñez” y subrayaba la pertinencia de
construir una “narrativa que ofrezca otro futuro a México”. Es difícil no estar
de acuerdo con él, mi convicción es que esa narrativa comienza por entender que
los actos mínimos, las tareas de todos los días, conforman esa historia
personal que puede unirse a una mayor, a la historia de todos, que es necesario
dejarse hechizar y saber compartir ese encantamiento… pero estamos tan lejos.
El texto citado de Álvarez Máynez
finaliza señalando que es indispensable creer en lo que dijo Manuel Clouthier
hace 24 años: “México va a cambiar. Contigo, sin ti o a pesar de ti. Pero va a
cambiar”. Reitero, casi imposible el desacuerdo, sin embargo, ante nuestra
incapacidad para compartir la belleza del mundo (y mi pesimismo) todo apunta a
que México ya cambió, sin tomarnos en cuenta, porque estamos esperando a ver
qué hace el otro y demasiado dispuestos a contradecir su visión del mundo, con
la actitud valentona de quien cree que tiene la razón y eso basta, sin la
necesidad de compartir.
Publicado en La Jornada Aguascalientes (13/08/2012)
.jpg)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario