28 marzo 2014

Dato duro




Uno de los tantos sondeos que se presentan en internet establece que Aguascalientes se encuentra en el primer lugar dentro de las 15 ciudades para vivir mejor en México; se presenta como un hecho algo que es una opinión, y para quien busca fundamentos de ese sentir, se indica que el resultado se generó a través de un estudio que se basa en una encuesta y el análisis de varios indicadores, genéricamente se indica que se tomó en cuenta la calidad de vida, la satisfacción con los servicios públicos y la opinión sobre el desempeño de sus gobernantes.
La promoción de este primerísimo lugar por parte de la clase política local sirve para justificar cualquier campaña, se obvia la necesidad de conocer la fuente de esa opinión, cuál es el sustento de esos datos, cuál la metodología, quiénes elaboraron el estudio… No importa, colocan a Aguascalientes en primer lugar, así que eso permite despreciar el dato duro; mientras hablen bien de nosotros y sirva para caracterizarnos como “gente buena”, qué más da, el meollo del asunto es generar la percepción de que vamos bien.
¿Cómo presumir que es el mejor lugar para vivir cuando la violencia física y sexual que enfrentan las mujeres actual y anteriormente unidas por parte de su pareja o esposo es predominantemente grave y muy grave (85.8%)? No hay día que no se difunda un caso sobre agresiones físicas y sexuales sufridas por mujeres; el más reciente, un grupo de cinco jóvenes que golpeó de forma salvaje a tres muchachas, hoy dos de ellos ya libres tras pagar una fianza de 40 mil pesos cada uno.
Un caso más, dirán algunos. Esa violencia de todos los días, la agresión constante, esa información es la que se obvia, que se minimiza cuando se presumen que somos el paraíso y, con una mirada sesgada, se vocifera la buena nueva de que el progreso ya llegó, y la alharaca intenta cubrir las apariencias, no vayan a decir que, después de todo, no somos tan “buenos”.



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@jornadags
Publicado en La Jornada

23 marzo 2014

La ilusión de poder



Envoltorio de papaya  La ilusión de poder

House of cards… spoiler
Si es fanático de la serie de Netflix, a estas alturas me resulta muy difícil guardar el secreto de lo que ocurre entre Francis J. Underwood y Zoe Barnes al inicio de la segunda temporada; además, si es seguidor, para esta fecha ya vio ese capítulo; o igual salte hasta el siguiente subtítulo.
El personaje que interpreta Kevin Spacey asesina a la periodista que caracteriza Kate Mara, se encuentran en una estación del metro, Underwood se asegura que Barnes ha borrado todos los mensajes que los vinculan y, una vez que ella le muestra que ha eliminado esas pruebas, la empuja hacia el paso del tren. Muerto el perro, cree el político, se acabó la rabia.
Algunos seguidores de House of cards han manifestado su contrariedad porque en esta segunda temporada pareciera que los guionistas se rindieron y ya no tienen el mismo apego a la realidad que caracterizó la historia en la primera serie. El asesinato de Zoe Barnes es una muestra de ese desvincularse con la realidad. ¿A poco puede desaparecérsele al servicio secreto Frank J. Underwood?, ¿de veras es tan hábil para escapar de la escena del crimen sin ser grabado?, ¿no hubo nadie que lo detuviera?, ¿no llamó la atención?, y otras tantas preguntas con las que se insiste en cuestionar a la ficción. No sólo con el crimen de la periodista, a lo largo de la serie habrá otros momentos en que la ruptura con la realidad demanda de la audiencia que vuelva a la convención, la trama se rige por las reglas de la ficción.
A mí no me ha molestado en absoluto este desapego con la “verdad” porque creo que aunque los personajes han perdido matices, House of cards, mantiene su fidelidad a lo verosímil; con todo y la disminución de grises, sobre todo en la pareja protagonista, los Underwood ahora son más cínicos, malos a nivel diabólico, hay escenas que conceden demasiado al público y les dejan huérfanos de cualquier virtud, las acciones y reacciones de Frank y Claire tienen la intención de borrar toda empatía con esos seres llenos de maldad. Y, por supuesto, al llevarlos a ese extremo, quienes los enfrentan parece que encarnan el bien, son buenos buenos.

Síganme los buenos
Lucas Goodwin, editor del The Washington Herald en la serie, es uno de los personajes que más pierde matices, es el periodista bueno bueno, obsesionado con la verdad, la figura en la que muchos reporteros quisieran reflejarse; buena parte de la trama secundaria de House of cards está dedicada al empeño de este informador y su compromiso con la verdad. Afortunadamente, hay un Tom Hammerschmidt (quien fuera el primer jefe de Zoe Barnes) que con un gesto ejemplifica que la búsqueda de la “objetividad” pasa por la revisión de los hechos y que este análisis no necesariamente se traduce en lo que a unos le parece bueno.

Periodismo facción
La idea que algunos reporteros tienen de sí mismos es la imagen de Lucas Goodwin, se les llena la boca nombrándose Periodistas (mayúsculas, but of course) y creen firmemente que su opinión equivale a la verdad. Suelen defender como principio que su tarea es la búsqueda de la objetividad y se venden por el mundo como incorruptibles porque suelen estar en contra del sistema, y su pluma está al servicio de las causas del pueblo bueno.
Yo no soy ni reportero ni periodista, yo soy lector, desde esa perspectiva es que puedo decir que la mayoría de esos periodistas buenos sólo venden (muy caro) la imagen que de sí mismos tienen a partir de compartir con sus lectores la confusión de términos que ostentan como principios. De entrada, distinguen su opinión de la del resto del mundo porque su visión es la Verdad (de nuevo mayúsculas); suelen estar en el centro de la historia, no por respeto al punto de vista, sino porque sólo ellos están autorizados a interpretar los hechos, y siempre suelen hacerlo bien; colocan en la casilla de “bueno” todo aquello que esté en contra del sistema y suelen usar palabras grandotas como poderes fácticos, partidocracia, complot, conspiración… entre otras, para justificar su análisis; para ellos, eso que llaman sistema es el reflejo de su incapacidad de distinguir entre Estado, Gobierno y Administración Pública; el pueblo, o la sociedad civil, siempre tiene la razón, es incapaz de identificar qué significa eso de “pueblo”, pero le sirve como sinónimo de pobres, jodidos, clase media pauperizada, contribuyentes…
Dos rasgos me parece que son los más relevantes. Su incorruptibilidad se basa en que no acepta dinero del gobierno; al menos directamente y escupe en la cara a quien se sienta a tomar un café con alguien de la clase gobernante. El segundo es que cree que los medios son el quinto poder, lo que escribe, lo que opina, lo que juzga (además de ser la Verdad) es una herramienta más para derrocar al sistema malo.

Periodismo ficción
Un amigo y colaborador me cuenta una escena presenciada en un sitio público. Un político y un reportero. Un suspirante a la gubernatura y un periodista incorruptible. El aspirante llega a la mesa, apenas se acomoda y dice: “¿soltaste la bomba?”, el representante de los medios asiente. Ambos sonríen satisfechos.
Por la proximidad de la escena con la aparición de la “noticia” de que el líder de los diputados panistas soborna a políticos de Aguascalientes para bajar recursos de la Federación, no puedo más que especular y sentir un poco de repugnancia. Si fuera periodista de facción, este texto tendría los nombres de los personajes involucrados, podría citar al amigo que me contó la escena con sus dos apellidos y señalar cómo se llaman y en qué equipo juegan el político y el incorruptible; pero no sirve de nada, una “revelación” de ese tipo no haría más que agrandar el rumor y los chismes que en torno a esa “noticia” hemos hecho los medios en Aguascalientes, la pelota de caca de la semana que se lanzan de un lado a otro los políticos.
Entrecomillo noticia porque quien haya leído el texto de la que partió el chisme verá que no hay tal, si una nota informativa la define que narra los hechos sin calificar, eso no lo fue. ¿Importa? Realmente no, líneas arriba escribí que es la pelota de caca de la semana, ya vendrá la semana siguiente algún otro rumor para que la clase política se suba al banquito y grite histérica_.
Sin embargo, no puedo dejar de pensar en la escena del político y del periodista. Ambos creen que se han salido con la suya; en el caso del político… bueno, seguro la difusión del chisme servirá para sus propósitos, algo de qué jactarse en el círculo íntimo, una de esa maniobras que se presumen en el war room como momento de definición, la medallita que se cuelga en el pecho y que dice: lo hice. Lo que no acabo de entender es qué ganó el periodista.
Lo que me queda claro es que como lector debo ser todavía más exigente con lo que me sirven los medios, está en el público demandar que no se les engañe, que no hablen en nombre del pueblo bueno, que no se confunda la demanda de transparencia con el intercambio de insultos.
Hasta hace poco creía que la mayor parte de la responsabilidad en el pobrísimo estado de los medios de comunicación era de los lectores, sigo pensando lo mismo, el matiz está en qué es lo que debemos exigir cuando hablamos de verdad, objetividad y noticias.

Coda
From the lion's den to the pack of wolves. When you're fresh meat, kill, and throw something fresher
Francis Underwood, mientras se abre paso entre un grupo de reporteros que lo asedia.
@aldan

19 marzo 2014

Pasión por la fiesta

La Jornada Aguascalientes en 


Para ser sinceros, al menos en la arena política, el peso de Aguascalientes en el ámbito nacional es poco o irrelevante, pareciera que la entidad está condenada a que la extensión territorial o el número de habitantes definan la participación de la clase política en las decisiones de la federación.
Sí, desde el altiplano podemos seguir diciendo que somos el centro del país, pero ni, eso, geográficamente está en Zacatecas; que somos el corazón de la república, pero eso fuimos hace cien años, momento único en la historia en que el debate de las ideas de lo que debería ser la nación se discutieron durante la Soberana Convención (que este centenario se festejará remodelando una plaza y con una escenificación de lo que sucedió entonces); es decir, desde entonces, al menos políticamente no ha ocurrido nada de verdadera relevancia para el rumbo del país, sólo en el campo cultural la presencia luminosa de Víctor Sandoval ha aportado con influencia real a lo que como país somos.
Una muestra, banal si se quiere, del lugar que la clase política quiere y siente que ocupa en el ámbito nacional está en cómo el Congreso local deja pasar la oportunidad al debate de las reformas posponiendo o llegando tarde a la discusión, polemizando por encima, sin hacer un análisis real de cómo afectarán los cambios; o bien, la forma trivial en que los partidos políticos venden caro un magro apoyo al momento de decidir quiénes serán los dirigentes nacionales.
Con escasísimas excepciones los aguascalentenses logran jugar papeles decisivos en la toma de decisiones; queda claro que no es por la calidad de la educación de su gente, ni por las cualidades que pudieran distinguir a quienes forman parte de la sociedad civil; si algo pudiera explicarlo, quizá sería que seguimos presumiendo que nos distingue la pasión por la fiesta, se insiste en que la Feria Nacional de San Marcos es lo mejor que podemos ofrecer a México y al mundo, y ese ánimo festivo impide que nosotros mismos valoremos que hay mucho más que ofrecer para ser tomados en serio.
www.lja.mx
@jornadags
Publicado en La Jornada

15 marzo 2014

Nada que opinar



Envoltorio de papaya Nada que opinar

Dinámicas
Hasta hace poco todavía me podían dejar callado con el irrebatible argumento de que yo no podía opinar sobre ciertos temas porque no tenía hijos; en realidad no es un argumento, es una descalificación tan terminante que no vale la pena desgastarse en busca de una respuesta, si tu interlocutor cree que una opinión acerca de algo se fundamenta únicamente en esa experiencia, no tiene sentido seguir la conversación.
Bueno, pues tuve un hijo (no para poder opinar sobre ciertos temas) y pensé que había expulsado de mi vida ciertas réplicas que me sacaban del juego, y así fue; aunque la paternidad no me ha sacado de ciertos casilleros donde te suelen poner para buscar empatía o que le concedas la razón al otro, si antes la frase era que mi opinión no valía porque no gozaba del privilegio de los hijos, ahora mi opinión necesariamente debe estar orientada hacia lo que una mayoría cree que piensa el común de los padres de familia, algo así como: tú tienes hijos, debes estar de acuerdo…
Convertirme en padre me alejó de ciertas dinámicas pero me arrojó a la convivencia con otros para la que, sinceramente, no estoy preparado. Aún no me acostumbro a que cada dos por tres insistan en que mi vida cambió para bien, ni que asuman que si no duermo es culpa de mi hijo o que insistan en señalar que ahora sí tengo una familia. Tampoco puedo todavía con la necesidad de otros por confirmar lo que ellos sienten a través de mi anuencia, no me siento mejor ni peor por el sexo de mi hijo, por ejemplo; ni me enorgullece que se parezca a mí; mi respuesta a ese tipo de comentarios es aburrida: tiene veinte dedos, eso es bueno.
Sé también que me hago acreedor a esos comentarios porque, como supongo que muchos padres orgullosos hacen, de un tiempo a esta parte, los espacios que tengo en redes sociales los uso para subir imágenes y anécdotas de lo que sucede en mi vida con mi hijo… exactamente igual que como lo hacía cuando no tenía uno y compartía algo que me parecía de interés; la confusión de quien mira lo que hago en redes se justifica, pues al compartir esos momentos puede creer que lo hago para mostrarle algo a él o ella, para decirle algo al lector… ni modo; lo cierto es que lo hago sólo para mí.


Obstinado en mi error
Hace poco alguien me preguntó que qué quería que fuera mi hijo de grande (a este tipo de conversaciones son de las que no puedo escapar) y lo único que se me ocurrió contestar fue: él, quiero que cuando sea grande él sea él. Mi interlocutor dijo que qué aburrido y se fue a perseguir otro espejo que le permitiera, a través de la réplica esperada, presumir el futuro que tenía planeado para su vástago.
Ni modo, soy aburrido, pensé, pero eso es lo que deseo. Ser padre no ha cambiado que sea obstinado cuando creo haber hallado una certeza. Recordé que alguien más me había dicho que era aburrido cuando me preguntó que qué quería ser yo de grande, debo haber tenido unos diez años, y lo único que se me ocurrió fue que eso era precisamente lo que deseaba ser: grande. Nueva confusión: ¿grande como quién?, y mi interrogador me dio a elegir varios ejemplos de lo que él consideraba “grande”, algún deportista, seguro un político, un artista… Como no elegí ninguna figura y me limité a insistir en que grande, lo que para el otro me caracterizó, básicamente, como un imbécil, modificó la pregunta y lentamente, como se le habla a quien se considera retardado, volvió a cuestionarme: a ver, ¿qué quieres cuando cumplas 30 años? Eso, tener 30 años; era todo lo que quería.
Pasados los 30, puedo intentar justificar mi respuesta de montones de maneras, una que me deje bien parado, que proyecta una imagen positiva de mí mismo, decir, por ejemplo, que contestaba eso de ser grande, porque, como T.S. Eliot casi estoy seguro que el tiempo presente y el tiempo pasado están, quizá, presentes en el tiempo futuro, y éste contenido en el tiempo pasado. O cualquier otro verso que me haya conmovido y me haga parecer muy inteligente… Aunque, lo más seguro es que siga pareciéndole aburrido al otro.


If you don't like what is being said, then change the conversation
Lo cierto es que, aparte de querer que los automóviles volaran, no esperaba mucho del futuro, sólo deseaba estar ahí para poder vivirlo; creía (y creo) que eso era lo importante: estar, y que estaría en el lugar que me fuera construyendo; sí, no era tan difícil de explicar, pero, reitero, hay interacciones que no merecen aclaración, es la forma más elegante que conozco de cambiar la conversación, de otra manera lo único que se hace es alargar el suplicio.
Don Draper, el personaje protagónico de la serie Mad Men lo sabe, por eso suele señalar que si no te gusta lo que están diciendo, cambies la conversación… y creo que funciona; aunque cada vez sea más difícil porque a las conversaciones actuales les falta contenido, argumentos, ideas, no sólo en grupos cerrados (como varios padres en una habitación presumiendo su orgullo) sino en las redes sociales también, donde se supone que el espacio para el diálogo está abierto, o al menos es público.


Algo que decir
El viernes pasado se transmitió el segundo programa de La Jornada Aguascalientes por la frecuencia de Radio UAA (va el comercial: viernes, 20:30, 94.5 FM) y al momento de grabar, lo único que pensaba era en cómo cambiar la conversación. Ese fue el tema que propuse; para la emisión puse en la mesa algunos ejemplos de lo que creo que es la conversación pública que tenemos y cómo se desvirtúa; pero lo cierto es que siempre pensé que un buen ejemplo consistía en describir esos espacios cerrados donde un grupo de padres se empeña en mostrar su orgullo demandando del otro que coincida en que la paternidad es la experiencia más hermosa del mundo. Un cuarto cerrado lleno de padres obligados a asentir cuando uno de ellos mostraba a su hijo y demandaba que dijeran lo bello que era; ese es un círculo del infierno.
Dije durante el programa de radio que a las conversaciones actuales le hacían falta ideas, que estamos siendo reactivos, limitando nuestras intervenciones a un estar de acuerdo o a llevar la contra; que nos hemos acostumbrado a evitar el argumento y lo cambiamos por un emoticón, para que el otro se las arregle como pueda.
¿Cómo cambias la conversación?, ¿te atreves y dices: tu niño tiene cara de carne molida?... Es echar leña al fuego. Quizá, sólo quizá, el cambio consiste en tener menos opiniones y más algo que decir, puede ser.


Coda
Entre la medianoche y el amanecer,
Cuando es engaño ya todo el pasado,
El futuro no tiene porvenir,
Antes de aquel amanecer que ansiaron
Más que los centinelas la mañana,
Cuando el tiempo se detiene
Y el tiempo no acaba nunca;
Y la marejada, que es y era desde el principio,
Hace sonar la campana.
The Dry Salvages. T.S. Eliot (versión de José Emilio Pacheco)


@aldan

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