Permanece,
sin embargo, el hecho de que, precedidos o sucedidos, olvidados o recordados,
morimos solos y, radicalmente, morimos para nosotros solos. Quizás no morimos
del todo para el pasado, pero ciertamente, morimos para el futuro. Quizás
seamos recordados, pero nosotros mismos ya no recordaremos. Quizás muramos
sabiendo todas las cosas del mundo, pero de ahora en adelante, nosotros mismos
seremos otra cosa. Vimos y fuimos vistos por el mundo. Ahora el mundo seguirá
siendo visto, pero nosotros nos habremos vuelto invisibles. Puntuales o
impuntuales, vivimos de acuerdo con los horarios de la vida. Pero la muerte es
el tiempo sin horas. ¿Tendré más gloria que la de imaginar que mi muerte es
singular, sólo para mí, butaca preferente en el gran teatro de la eternidad?
[…]
Las
ideas nunca se realizan por completo. A veces se retraen, invernan como algunas
bestias, esperan el momento oportuno para reaparecer. El pensamiento no muere.
Sólo mide su tiempo. La idea que parecía muerta en un tiempo reaparece en otro.
El espíritu no muere. Se traslada. Se duplica. A veces suple, e incluso,
suplica. Desaparece, se le cree muerto. Reaparece. En verdad, el espíritu se
está anunciando en cada palabra que pronunciamos. No hay palabra que no esté
cargada de olvidos y memorias, teñida de ilusiones y fracasos. Y sin embargo,
no hay palabra que no venza a la muerte porque no hay palabra que no sea
portadora de una inminente renovación. La palabra lucha contra la muerte porque
es inseparable de la muerte, la hurta, la anuncia, la hereda… No hay palabra
que no sea portadora de una inminente resurrección. Cada palabra que decimos
anuncia, simultáneamente, otra palabra que desconocemos porque la olvidamos y
una palabra que desconocemos porque la deseamos. Lo mismo sucede con los
cuerpos, que son materia. Toda materia contiene el aura de lo que antes fue y
el aura de lo que será cuando desaparezca. Vivimos por eso una época que es la
nuestra, pero somos espectro de otra época pasada y el anuncio de una época por
venir. No nos desprendamos de estas promesas de la muerte.
En esto creo. Carlos Fuentes (1928-2012).

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