Perdón por intolerarlos
Vulgar
Edilberto
Aldán
En
materia cultural la administración de Carlos Lozano de la Torre no ha quedado a
deber, ha cumplido a cabalidad lo que prometió, es decir: nada. Los centros de
animación cultural, abandonados y sin presupuesto; la regulación de la
estructura con que se cuenta no tiene pies ni cabeza, todo depende de la
ocurrencia; haciendo caso omiso de la ley, no se ha se establecido un programa
que defina el papel que corresponde al Instituto Cultural de Aguascalientes (ICA)
para coordinar las actividades de preservación, promoción y difusión.
“Y
sin embargo, se mueve”, dirán los amigos de la prensa que felices succionan del
presupuesto estatal –no vaya a ser que el dueño de sus quincenas y sus conciencias
se moleste porque nadie salió en su defensa–, con la agenda cultural en mano
pueden enumerar una larguísima lista de eventos que programa el ICA. Sí, una
muestra de la continuidad de lo propuesto por la administración de Luis Armando
Reynoso, incluso con la misma pobreza.
“Mentira,
ha hecho muchas cosas diferentes”, señalará el columnista bien retribuido y
celoso de su tarea de mascota comenzará a enumerar que en tan solo un par de
meses se han realizado fastuosas fiestas culturales, como la exposición de “La
estética de lo real: caos y orden” obra reciente de Manuel Felguérez en el
Museo Aguascalientes, “Entre el placer y el juego: serpientes y escaleras” de
Leo Acosta en la Ex Escuela de Cristo, además de la entrega del Premio Bellas
Artes de Poesía Aguascalientes en el Teatro Morelos a Jeremías Marquines por
“Acapulco Golden”, sin dejar de mencionar el anuncio de que para 2013 el monto
de este premio se duplicará para mantenerlo como el “más importante del país en
el quehacer poético”.
Por
partes, que dos exposiciones y una entrega de premio no alcanzan para conformar
una política cultural; lamentablemente sí alcanzan para pintar de cuerpo entero
la vulgaridad y el mal gusto de los funcionarios del gobierno estatal.
En
la inauguración de la exposición de Leo Acosta, los presentadores las voces
cantantes fueron Martín Andrade, titular del ICA (por supuesto) y Blanca Rivera
Río, presidenta del Sistema DIF Estatal (¿?), quien dignificó el evento con un
interesante análisis: “Maestro Leo, bienvenido a su casa, nos llena de orgullo
por esta magna exposición que nos presenta. Yo lo único que puedo decirles es
que amo a mi maestro Leo, lo admiro, lo respeto”.
Ahí
comienza el problema, los principios que rigen la política cultural del estado
se reducen al gusto del gobernador y su esposa, a considerar Aguascalientes
como la sala de su casa y convertir cada acto al que asisten en una fiesta que se
distingue por el despilfarro y la exhibición grosera de un gusto limitado.
Como
ejemplo basten las fiestas realizadas tras la inauguración de la exposición de Felguérez
y la entrega del Premio Bellas Artes de
Poesía Aguascalientes. De la primera cito un comentario de un asistente: “el
Museo Aguascalientes es el mejor bar”, a eso se redujo, no importa qué se expuso,
la calidad de la obra, el tamaño de la muestra o la posibilidad de generar un
público que pueda apreciar la obra del artista zacatecano, lo que queda es que
el whisky y el vino tinto corrieron sin barreras, ah y hubo alfombra roja.
Mientras que en el caso del Premio Bellas Artes de
Poesía Aguascalientes, el mal gusto recorrió la organización completa del
evento. Desde unas pobres jornadas de poesía, la presentación en el Teatro
Morelos, en que con una falta de tacto total, tras la lectura del poeta Jeremías
Marquines (sí, el premiado), se anunció como acto central la pobrísima
intervención del gobernador, para acabar con un festejo equiparable a una
fiesta de XV años, justo a la medida del gusto de Carlos Lozano.
A
la entrada del Museo Aguascalientes unos mimos recibiendo a los invitados, a
quienes se les brindó un coqueto brindis de margaritas y martinis en copas
adornadas con sombrillas para apagar su sed mientras disfrutaban la ejecución
del trío de jazz japonés FRV!, al que la voz
oficial del ICA no se cansó de anunciar como magnífico porque tocaba piezas
originales e improvisaciones y también improvisaciones, ah e improvisaciones.
La comunidad reunida en el primer patio, se supone, representa a los artistas
de Aguascalientes, con el plus de que se les obsequia con la presencia de
empresarios y toda la gente bien del estado, para que convivan y puedan cambiar
impresiones, mientras gozan de música en vivo para amenizar su cháchara.
Tras el coctel de bienvenida, la cena en el segundo patio, con
un nuevo pase de lista pues cada invitado tenía lugar numerado en la mesa. Un
funcionario del ICA, por primera vez invitado a este tipo de eventos y con los
ojos fijos en el altísimo centro de mesa donde unos alcatraces iluminados se
ahogaban en agua, no pudo evitar el comentario: “a mí siempre me han dicho que
el Instituto no tiene presupuesto”.
El banquete, cómo no, también estuvo amenizada todo el tiempo, unos
hueseros de la Orquesta Sinfónica al principio, la presentación de tres
bailarinas que coincidió perfecto con el momento en que el chile Aguascalientes
del primer tiempo de la cena, una cantante que amenizó los postres con highlights operísticos (Carmen incluida, por supuesto), la
presencia de una buena parte del coro de la opera estatal y al finalizar, para
no dejar muda la fiesta, música incidental.
¿Por qué razones está mal todo eso? En lo personal, ¿soy tan mal
agradecido que no reconozco la invitación? No va por ahí, considero que es la
reacción natural de quien es expuesto al mal gusto, a la planeación de un
evento en el que con el afán de complacer al gobernador se ostenta a los
artistas como números de relleno. ¿Quién que aprecie el ballet expone a unas
muchachitas (dos de 17 y una de 18) a bailar mientras sus invitados comen?,
¿qué melómano usa a los interpretes como música de relleno mientras los
comensales mastican?
Es posible que Carlos Lozano no tenga la culpa y sólo sea una
víctima más de quien organizó la cena, pero no parecía a disgusto y,
definitivamente, recuerda al emperador aficionado a los trajes nuevos del cuento
de Hans Christian Andersen, que obnubilado por la aspiración del arribista de
demostrar que algo sabe de arte, se deja embaucar fácilmente, no sólo (como en
el relato) por quienes lo visten con ropas invisibles, sobre todo por quienes
corean: ¡Qué magnífica cola! ¡Qué hermoso es todo! Y no ven en estas fiestas la
vulgaridad expresada al máximo.
Hasta este momento no se ha cuestionado en ningún momento la
calidad de las exhibiciones o el merecimiento del poeta al premio de poesía,
porque, justamente, la organización de estas pachangas no se relacionan en nada
con la actividad artística, ni generan relaciones virtuosas entre los
invitados, es sólo dispendio.
El cuento de Andersen tiene un final tristísimo, a pesar de que
la desnudez del emperador es denunciada primero por la voz de un niño, aunque
el pueblo todo termina señalando que no lleva nada, ante el oprobio de los
funcionarios del monarca que fingen para no ser tenidos por estúpidos, en el
párrafo final se indica:
“Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo
tenía razón; mas pensó: ‘Hay que aguantar hasta el fin’. Y siguió más altivo
que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola”.
Sin nadie que indique la vulgaridad de la pachanga, mientras
sigamos asistiendo con agradecimiento borreguil a la limosna de una cena o unos
tragos, mientras sigan los medios vendiendo sus primeras planas y todo quede en
el circuito íntimo de unos cuantos que no tenemos el valor de exigir un plan
para la cultura en el estado, no habrá más remedio que seguir sosteniendo los
faldones invisibles de una casaca.
Publicado en La Jornada Aguascalientes (14/05)

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